martes, 17 de septiembre de 2013

Proyecto Breaking Bad. Construcción y deconstrucción de Heisenberg


Si por algo ha destacado Breaking Bad en los cinco años que han pasado desde su estreno es que su evolución es tremenda e incuestionable; si algo la distancia de otras series aclamadas por aquello de haber inaugurado la edad dorada de la televisión es que mientras algunas de ellas, como Los Soprano, The Wire o Mad Men, crecen más en el interior de los personajes, el de Vince Gilligan ha sido un drama de contrastes, en sus protagonistas tanto como en el tono, de la cómica buddy movie que era en un principio a la tragedia descorazonadora que rematan sus episodios finales. Ozymandias, el antepenúltimo capítulo de Breaking Bad, ha sido un imprescindible punto de inflexión, puede que el último, en la deconstrucción de Heisenberg. Walter White ya ha fracasado en la misión de proteger a su familia, al menos en lo de seguir formando parte de ella durante el tiempo de vida que le resta; lo que podemos suponer (sabiendo que con Gilligan y compañía es absurdo teorizar) que queda en los episodios restantes es la paranoia, la venganza y el sacrificio de Scarface. Poco se puede decir de Ozymandias que no se haya dicho, pero es buen momento para hablar de la creación de su protagonista, de la mitología que hay detrás de Breaking Bad

Cuando tratamos el Skyler White issue hace unas semanas comentamos que las protagonistas femeninas de Breaking Bad, a diferencia de los masculinos, estaban mucho más atadas a lo terrenal; y no solo eso, también a la antipatía y a la histeria a las que las condenó la inteligente maniobra 'mitologizadora' de Vince Gilligan (de sus estrategias concretas Alberto N. García sabe mucho más) para que nos arrancásemos la piel a tiras por Walter White y Hank Schrader. Los espectadores no pasamos por el aro de la incursión del profe de química en el mundo de la droga durante las dos primeras temporadas solo como último recurso para proveer a su familia tras su muerte; poco a poco la evolución del cáncer pierde importancia según la cobra la redención de Walter de su vida de pringado, de la estafa corporativa de sus compañeros de trabajo, uno de los cuales le birló a la novia, de la enfermedad de Walter Jr. y su paternidad tardía. El equipo de la serie rescata para ello ciertos guiños y tributos al cine y la televisión, más o menos inconscientes, que apuntalan ese reverso aspiracional de la audiencia en busca de un protagonista cabrón y despiadado. Probablemente la referencia más sonada fueron palabras del propio Gilligan: ver en Walt a Tony Montana nos hizo la boca agua hasta que hemos vislumbrado el trágico final de la familia White. 

Todavía quedaba mucho para Ozymandias en aquellas primeras entregas donde el sentido del humor de Breaking Bad, que parecía heredado de los Coen o Tarantino, acompañaba a Walter White en su ascenso. Sus primeras cabronadas, de la escena en que incendia el coche de un yuppie capullo a su vis a vis con Tuco Salamanca, recuerdan a películas que premian el instinto masculino salvaje como Perros de paja (1971) o Un día de furia (1993); les aderezaba el inocente colegueo de las recetas en la caravana, uno de cuyos capítulos, 4 Days Out, parece un homenaje al tronchante Pine Barrens de Los Soprano. Hank y Jesse tampoco se libran de esos westernianos momentos de consagración; Schrader en su adrenalítico enfrentamiento contra los Salamanca, en One minute, Pinkman en el bonito sacrificio de Full measure, cuando acaba con la vida de Gale Boetticher. Sin embargo, ellos hacen gala de una fidelidad y un honor que Walter White ha perdido en las acciones que camuflan su despreciable egolatría: dejar morir a Jane, envenenar a Brock o respaldar el asesinato del tren. "Estoy en el negocio de un imperio", se deja llevar Walt por su orgullo, en Buyout, de la quinta temporada, tras deshacerse de Gus Fring y convertir Negra Arroyo Lane en su fortaleza. 

Son otras dos referencias culturales, éstas más refinadas y también más conscientes, las que señalan la caída de Heisenberg. La primera es Walt Whitman, el poeta norteamericano con el que Walter White comparte siglas; Gale Boetticher, idólatra asistente, le regala el libro de este autor que descubrirá a Hank quién se esconde tras el emperador de la droga. La última es Ozymandias, el soneto de Percy Bysshe Shelley que adelanta los episodios finales de Breaking Bad: "No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas". Tenía que ser el capítulo así titulado aquel en que las decisiones de Heisenberg acaban simbólicamente con su familia en la muerte de Hank, aquel en que Walter White se enfrenta cuchillo en mano a su esposa y a su hijo en el salón de su propio hogar. La llamada de teléfono entre Skyler y Walt después de que éste secuestre a su hija es tanto una coartada para salvar a su mujer de la cárcel como una oda soterrada y rabiosa a su narcótica aventura, en la que oímos las últimas palabras del protector padre de familia y de su reverso criminal. Podemos decir que Ozymandias es la deconstrucción definitiva de esa leyenda nombrada Heisenberg.

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