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lunes, 21 de octubre de 2013

El tiempo entre costuras, el órdago de la televisión española


Hoy es uno de esos días en que mola hablar de la televisión española. Hoy se estrena El tiempo entre costuras, y todo apunta a que va a ser un acontecimiento irrepetible en nuestra pantalla, en audiencia tanto como en boom social. Tres razones de peso: se puede decir sin miedo que es la serie española más esperada, no solo por adaptar un best seller literario también propio sino por haber estado tanto tiempo guardada a causa de la crisis publicitaria; la expectativa creada por los periodistas que pudimos verla y disfrutarla (que no siempre van de la mano) en el FesTVal de Vitoria del pasado septiembre; y la sesión del Birraseries celebrada ayer en el Festival de Series de Canal +, toda una sorpresa en lo que a legitimación de la ficción nacional se refiere, que se convirtió en trending topic nacional y en la que la producción de Antena 3 y Boomerang TV salió muy bien parada. Lo interesante es que El tiempo entre costuras es un evento más allá de sí misma; más importante aún, es todo un avance en lo industrial, que demuestra que en España se pueden hacer miniseries muy potentes y con la previsión de grandes cifras, como han bordado los norteamericanos en el último año, del estreno de La Biblia al de La Cúpula, y también que la manera en la que vemos y criticamos nuestras series debe cambiar y está cambiando. Fiaos de mí que soy un hater converso; merece la pena ver El tiempo entre costuras, aunque sea solo su primer episodio. 

El tiempo entre costuras, miniserie de once capítulos basada en la novela homónima de María Dueñas publicada en 2009, cuenta la historia de Sira Quiroga, una costurera del Madrid de los años 30 que lo deja todo por amor e intentará recuperarlo y redimirse a base de valentía y sufrimiento (si habéis visto sus promos eternas sabréis ya hasta quién mató a Laura Palmer). Con este argumento Boomerang TV remata un melodrama muy decente, al que las tramas históricas sobre el espionaje y la Guerra Civil convierten en una receta redonda para el prime time español, para la señora de Cuenca, para mi madre y para mí. Y lo cierto es que El tiempo entre costuras lastra los fallos de otras grandes ficciones, y no hablo solo de las españolas. En este caso escaman ciertas interpretaciones, no la de Adriana Ugarte (La Señora), ya una de las grandes valedoras de nuestra tele, pero sí la de Rubén Cortada, un modelo cubano pésimo en su primera actuación y cuyo fichaje huele a enchufismo que apesta. Además, al tono dramático de la serie le han pasado factura los años que ha permanecido en el cajón, sobre todo en dirección y música. El gran enemigo de El tiempo entre costuras, si es que hay alguno, es Bambú; la productora de Hispania, Gran Reserva y Gran Hotel ha conseguido superarla en producción y acabado durante su ausencia, y más con el estreno de Galerías Velvet, que enamoró en el FesTVal y se la come con patatas, a la vuelta de la esquina.

Pero ésa es una historia que habrá que contar en otro momento. Por lo pronto, El tiempo entre costuras es la serie española mejor producida de los últimos años con permiso de Gran Hotel, y de hecho pasa por ser una de nuestras ficciones más caras, con un despliegue en localizaciones inédito en la pequeña pantalla e incluso en la grande. Un zas en toda la boca a los que piensan que no 'tenemos' el poder de crear algo decente cuando lo difícil es amortizarlo en audiencia y publicidad, mal endémico de toda industria que se ceba mucho más en la nuestra, demasiado acostumbrada al abierto y al 'todos los públicos' y demasiado pobre en lo privado. Lo que sí podemos agradecer a El tiempo entre costuras es ser pionera en la 'fanatización' de un producto mainstream (es incuestionable que esa leyenda de víctima de la crisis es su mejor as social) que no haya que estirar durante diez temporadas y que aún así pueda ser rentable. Y el más difícil todavía, devolver la confianza en que nuestra televisión puede ser inteligente a la hora de producir algo de lo que encima no nos tenemos que avergonzar. Lo de si nuestro mercado es comparable a otros es harina de otro costal; negar el tercermundismo en que ha estado sumido es absurdo, pero con apuestas como El tiempo entre costuras e, insisto, Galerías Velvet, las comparaciones son mucho menos odiosas.

martes, 7 de mayo de 2013

La miniserie (III). La prometedora Europa


Gracias a los dioses catódicos que series como Crematorio o Bron/Broen impiden que otras como Mi gitana sean el único rastro de la miniserie en la Europa continental. Después de la excelente producción británica y el mainstream norteamericano, analizamos en la tercera parte del especial esta dinámica en el resto de países del Viejo Continente, mucho más particular. Por desgracia, su industria televisiva continúa sometida a la cada vez menos estricta dictadura de lo estrictamente occidental; por suerte, el no poder hacer frente a grandísimas empresas en el mercado les obliga a probar nuevas fórmulas que, en el 'peor' de los casos, acaban siendo miniseries por defecto, series de una sola temporada. Un riesgo heredado de los transgresores hermanos ingleses que exploran casi exclusivamente las plataformas privadas del continente, tanto en lo referente a la inversión, animada en ocasiones por la coproducción internacional, como en el testeo de formatos, géneros y discursos, desde las adaptaciones de Los pilares de la tierra o Laberinto a las más contemporáneas Les Revenants o Falcón. Enfrente, ficciones de cadenas generalistas menos arriesgadas, que tiran de convenciones más desgastadas y que a veces caen en el amarillismo, desde las revisiones históricas al biopic rosa del Mediaset español. 

Es imposible hablar de la miniserie europea sin mencionar una y otra vez series de los últimos años como Crematorio, una radiografía de las implicaciones sociales y culturales de la corrupción cañí; la sueco-danesa Bron/Broen, retitulada The Bridge para su exportación y los remakes que están por llegar, una imprescindible del noir con pullitas a la crisis del Estado del Bienestar; o Les Revenants, una reformulación muy 'a la francesa' del genero zombi, adaptación de la película de 2004 del mismo título, que se ha hecho con una segunda temporada. Miniseries sintomáticas de los caminos de la producción televisiva en la Europa continental, que van del discurso local a un formato muy occidental. Entre ellos, el know-how de lo privado y de la coproducción internacional, liderada a veces por Estados Unidos –el ejemplo de Canal +, líder creadora de Crematorio, Falcón y Les Revenants–; que adaptan fenómenos populares en una apuesta clara por el entretenimiento –las adaptaciones en coproducción de Los Pilares de la Tierra y Un mundo sin fin, de Ken Follet, o Laberinto, de Kate Mosse–; o que ponen en forma géneros muy puros pero con mucha miga sociocultural al respecto de la crisis de la democracia –la gran Bron/Broen y el actualísimo género negro nórdico–.

España, sin que sirva de precedente, tiene una producción de miniserie cada vez más prolífica, aunque no nos extraña que pueda ser de lo más vergonzoso del globo. Más allá de ¿Qué fue de Jorge Sanz?, un formato muy realista de comedia; Crematorio, basada en una novela de Rafael Chirbes; y Falcón, adaptación en coproducción de la saga literaria de Robert Wilson, las tres de Canal +, estas ficciones suelen tropezar en la misma piedra que el resto. Una de las dinámicas más perversas es la del biopic rosa, una fórmula amarillista que 'ficciona' la vida de famosos para rellenar horas y horas de parrilla –Mi gitana, sobre Isabel Pantoja, es su paradigma–. Por suerte, aún quedan ejemplares decentes en la televisión nacional en abierto: la anterior TVE y sus series con puntilla cultural y política –de La Regenta y La huella del crimen de los 80 a la El ángel de Budapest y el Tarancón de la nueva era–; las revisiones históricas y adaptaciones de género –de La princesa de Éboli a El tiempo entre costuras y El corazón del océano, que siguen en el cajón– y las miniseries que apuestan por lo cinematográficoDaniel Calparsoro y sus El castigo, La ira y Tormenta–. 

domingo, 10 de junio de 2012

Birraseries y la causa catódica


Cervezas de la premiere a la season finale. El del pasado jueves fue el último Birraseries de la primera temporada, el único al que El Club Silencio ha podido acudir hasta el momento; además de exprimir lo más curioso de la tele y provocar más de una resaca, el encuentro de bloggers catódicos en Madrid ha servido para legitimar la consideración positiva actual de esta parte de la crítica. El capítulo final (más bien un punto y aparte) contó con Julian Sastre y Fernando Pérez en representación de Globomedia como guest stars de excepción, pues el Birraseries no tiene nada que envidiar a 30 Rock (tampoco por lo de las risas). El productor ejecutivo y jefe de guión de la serie Aída respectivamente fueron entrevistados sobre las bondades (la evolución de la producción, las armas del guión) y los vicios (el inmovilismo de los formatos, sobre todo) del how to make it en la ficción nacional. Estos últimos episódicos se suman a Alejandro Flórez y Miguel Salvat, de laSexta y Canal+, que descubrieron alguna claves de la importación seriéfila en nuestro país; los creadores de bloguionistas, que hablaron de las amenazas y los retos del screenplay cañí; y Natalie Dormer en la promoción de The Fades, emitida en España por Syfy, que puso la nota internacional al evento.

Y es que el Birraseries se ha hecho mayor. Lo que empezó como un encuentro para poner cara a blogueros que ya son como familia y hablar del vicio en libertad se ha convertido en toda una reivindicación de su particular poder en el periodismo televisivo, con reuniones de homólogos autonómicos en Asturias y Sevilla. Además de ser parte imprescindible de la crítica de ficción y realities, los bloggers nacionales son el principal medio publicitario de la industria, a la que no le ha quedado más remedio que legitimar su papel en esto de lo catódico con sus más y sus menos, como ocurre en Estados Unidos. De etiquetas como freaky y simple aficionado a la caja tonta, el blogger empieza a ser considerado como un especialista de la comunicación online, algunos más o menos curtidos en el periodismo, la crítica especializada, y la producción de ficciones, siempre espectador histórico y constante de televisión que conoce de primera mano las trampas y virtudes del medio. Gracias, en parte, a eventos como éste; y no lo digo yo, que también ha sido cubierto envarias ocasiones por los medios de comunicación más espabilados al respecto. Que tengamos Birraseries por muchos años (y Elsite y Mahou-San Miguel también, claro).

viernes, 7 de octubre de 2011

Gran Hotel, otra historia sobre ficción española

En televisión está a la orden del día eso de tener buenas ideas y no saber o no poder explotarlas de la manera correcta; nos hacemos cargo de que es imposible controlar todos los factores que intervienen en este tipo de proyectos. Pero lo de la ficción catódica española es de campeonato: es experta en hacer series chapuceras incluso teniendo tan a mano los referentes en que claramente se inspira. Porque lo de que Gran Hotel es la Downton Abbey cañí no lo digo yo… La serie de Bambú para Antena 3 se enorgullece de ser una adaptación castiza de la británica acerca de las vicisitudes sociales allá por 1900, y sólo hay que echarle un vistazo al primer capítulo para darse cuenta. Hasta ahí la buena idea. Como ya se habló a partir de The Playboy Club, el de Gran Hotel es un problema de figura y fondo; sabe explotar las formas del género al que reverencia, pero no tiene un discurso que articular a través de ellas. Gran Hotel no tiene alma.


Y eso que ya les gustaría a muchas poder decir que son primas lejanas de Downton Abbey. Es uno de los primeros casos en que no se demoniza a una ficción por inspirarse en otra; ya no sólo por el éxito internacional incontestable de la primera, sino por su afán en actualizar las formas del melodrama de época, denostado en la televisión de los últimos años y que podría tener mucho que decir en España. De hecho, los mejores momentos de Gran Hotel son aquellos en los que se dejan entrever tales fórmulas: el encuentro de los protagonistas en la estación (el tratamiento temporal de esta escena recuerda a Downton Abbey); el montaje paralelo entre los vagones de primera y tercera clase; las referencias a lo epistolar en la relación entre Julio y su hermana; la desaparición misteriosa de ésta. Los primeros diez minutos demuestran que Gran Hotel podría ser digna sucesora del género al que homenajea conscientemente; los problemas, como en toda ficción española, vienen después, y provienen de mucho más arriba.

Ser tan perfecta en producción y mucho más correcta de lo esperado en guión y dirección como Gran Hotel (bravo al equipo de Bambú; Ramón Campos, Carlos Sedes y compañía) no es suficiente cuando lo que necesita nuestra industria es una revolución en programming y scheduling, como bien dicen los americanos. Los defectos de la nueva de Antena 3 sobresalen cuando la duración de la ficción para su acomodo en parrilla (scheduling) agota sus virtudes hasta el extremo y deja en bragas el artificio, pues no sólo hace falta un género, sino algo que contar a través de él (programming), y el discurso de Gran Hotel no da para tanto. Estas estrategias claramente fallidas convierten la serie en una desalmada y mecánica acumulación de diálogos rancios sobre familias desheredadas, mujeres independientes y relaciones a lo Titanic, que demuestran además lo limitado del star-system juvenil, empleado únicamente para llamar audiencias. Gran Hotel es otra historia más sobre la ficción española; lo que pudo ser y no fue.

jueves, 2 de junio de 2011

Corrupción televisiva y la trampa del escribano


Con esto de la revolución, parece que está de moda meterse con los que tienen el poder… Pero es que, además de ladrones, los hay muy bárbaros... Que le pregunten al escribano hortelano, un pájaro comilón de unos 15 centímetros de largo que es encerrado y cebado como una oca, ahogado en whisky, desplumado y asado, y masticado durante un cuarto de hora para que se deshaga en la boca. Se dice que el comensal debe taparse la cabeza con una servilleta para ocultar su crueldad… y con razón. Así habla Rubén Bertomeu al comienzo del segundo episodio de Crematorio, acerca de una de las prácticas gastronómicas más crueles, sólo al alcance de los más ricos. Ilegal, feroz y exclusiva.

La escena de Crematorio, indudablemente una de las mejores de la temporada televisiva recién acabada, expresa con una contundencia violenta y aplastante las dinámicas alrededor de las que se mueve la corrupción institucional worldwide. Y viene de una ficción española, que conste. La serie de Canal Plus ha supuesto un reboot para todas las que hablan de los cadáveres tras las mafias institucionalizadas, de “las cenizas que produce el poder”. Crematorio añade el plus de la idiosincrasia delictiva de nuestro país; además de las víctimas y los verdugos, habla de todas aquellas familias que, acercándose al olor suculento de la pasta, han acabado devoradas por sus propios crímenes. 
David Simon fue de las primeras moscas cojoneras de los de arriba… El productor de The Wire fue testigo durante años de los crímenes derivados del narcotráfico y su alianza con las instituciones gubernamentales como periodista del Baltimore Sun, y plasmó parte de su experiencia en las novelas Homicidio y The Corner, germen de la ficción final que lo consagró como el Dickens televisivo. Y es que por algo The Wire es considerada hoy como el Gran Relato Americano; es una radiografía global, exhaustiva e increíblemente realista sobre cómo el entramado mafioso del narcotráfico esclaviza a los olvidados de la sociedad norteamericana desde los inexpugnables despachos de los ayuntamientos. 
Y es que los que mueven el cotarro político y social son actualmente los protagonistas de la crónica negra televisiva, incluso en los ejemplares del género policiaco más purista, quitándoles el puesto a psicópatas y terroristas. Es muy significativo que uno de los protagonistas de Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales, muera investigando el caso de un narcotraficante mexicano protegido por un cónsul, alrededor del que gira su última entrega; o que The Chicago Code dedique su primera y única temporada a la persecución de un concejal relacionado con la mafia irlandesa… 
La corrupción institucional ya no es una curiosidad episódica y conclusiva en las ficciones, es un enemigo tan real que las series que lo retratan se han convertido en gritos de denuncia y de reivindicación de las fuerzas que persiguen sus crímenes. Tal es el caso de El puntero, miniserie argentina estrenada el pasado mayo acerca de un político empeñado en convertirse en alcalde a toda costa, o El equipo, nueva ficción mexicana protagonizada por una unidad policial encargada de desmantelar la corruptela del narcotráfico... Un enemigo desdibujado, disperso, permeable, escurridizo, al que es imposible eliminar del todo…

lunes, 18 de abril de 2011

Adolescentes, Coca-Colas y el fin del mundo: El Barco

El Barco es una de esas series españolas en las que los guionistas intentan trabajar honradamente, con ideas buenas, pero sin dinero. Se parece a El Internado, le gustaría parecerse a Perdidos y tiene mucho (demasiado) de Los Hombres de Paco. Incluso así es original y arriesgada, interesante y, por qué no, una de las mejores series que se ha hecho en España.

De Perdidos ha heredado la música, la tensión de los capítulos y esa angustia contenida que reina todo el rato en el barco; aunque sobre todo ha heredado (heredar como sinónimo de copiar, plagiar, inspirarse en, etc.) la tipografía de las letras de la serie y el comienzo, tanto en estructura, como en imágenes. Las dos series comienzan con un: “En anteriores capítulos” (cosa bastante habitual), luego muestran un pequeño adelanto del capítulo que van a emitir (lo suficiente como para que quede claro su planteamiento o quizás alguna escena sin tensión y que pretende ser divertida - en Perdidos, obviamente no solo lo pretendían - ) y, acto seguido, cortando en un momento de tensión: la cabecera. Es decir, el nombre de la serie en letras grandes y blancas con un fondo oscuro y con un sonido extraño (de distorsión en Perdidos, de radar de submarino - que no de barco - en El Barco).


De El Internado tiene lo peorcito, es decir, varios actores (actrices en este caso) que realizan el mismo papel que en la otra serie, sobre todo Blanca Suárez; el empezar los capítulos y terminarlos con una niña contando su vida y el maldito emplazamiento publicitario que hace incluso cambiar tramas. Podemos estar tranquilos, si el mundo se acaba podremos seguir comiendo ensaladas Isabel y bebiendo Coca-Cola. Esto es lo que hace que una serie que pudiera ser muy buena se convierta en una españolada para vender; estamos convirtiendo el product placement en algo tan típico como la pandereta y los toros... Olé.

En cuanto a Los Hombres de Paco tenemos (aparte de actores), ese estilo de centrar todo el peso emocional de la serie en dos tramas amorosas principales y una (o varias) de comedia de sainete, es decir, unos protagonistas muy heroicos, muy dramáticos (hablo del Capitán, de su hija, de Ulises y de la doctora) y otros “graciosos” (me abstengo de poner más comillas por el momento) como son el Suboficial, la cocinera y Fiti y Wilma. Con lo que tenemos varios dramones y alguna comedilla (este término debería existir y significar comedia romántica con menos gracia y menos romanticismo que la peor de Sandra Bullock). Acción, amor y graciosillos, es decir, Los Hombres de Paco.


Pero la serie también tiene aciertos, no penséis, el desarrollo es muy original e interesante, consigue mantener la tensión y el misterio (si no se columpian ampliando la trama con temporadas y temporadas de musculitos y tetudas dándose baños, claro) y los efectos especiales y exteriores son de lo mejorcito que se puede ver hoy en la tele nacional (aunque Ángel o Demonio está dejando bastante mal parados los efectos especiales de El Barco - inolvidable esa erupción volcánica tan creíble y realista - ). Concluyendo: una serie muy buena (muy buena), con algunos actores buenos (dos) y con una trama bastante cuidada y lograda, pero que peca de lo mismo que todas las series españolas, de querer gustar a todo el mundo, de querer emitirse en un horario infantil, de meter niños y adolescentes, de meter desnudos porque sí, de que prime la trama romántica (forzadísima y superflua en la mayoría de los casos), del humor de cacaculopedopís, de personajes planos y del maldito (MALDITO) emplazamiento publicitario. Estoy deseando que alguien compre los derechos de la serie y ver la versión americana.

Colaboración de Alejandro Marcos

lunes, 4 de abril de 2011

Crematorio; comparaciones aparte

El skyline del Levante español, antes virgen y ahora en rascacielos. Andamios, grúas, prostitución, alcohol y drogas. Cenizas y cadáveres. La cabecera de Crematorio, con esas imágenes acompañando a Loquillo, es seguramente la intro más comentada de las últimas semanas por ser una versión made in Spain de la de True Blood. Y las comparaciones no acaban ahí... Ya desde antes de su estreno a principios de marzo, blogueros y twitteros proclamábamos las bondades del proyecto Crematorio con titulares como “HBO a la española” o “No es Baltimore, es el Levante español”. Que se dice pronto... Y es que es cierto que Crematorio parece haber nacido como un proyecto claramente consciente de su intención de revitalizar la ficción televisiva española; tramas, personajes, respaldo social y cultural contemporáneo, formato, duración y mucho más se inspiran en los mejores dramas estadounidenses y británicos. Lo excepcional es que la serie de Canal Plus está cumpliendo con estas expectativas, de los más entendidos, y con el entretenimiento del público amateur. Y todo ello de lejos.


Es inútil negar las similitudes que Crematorio guarda con esos productos de los que parece haber tomado algo, y es inútil también negar lo que mola hablar de ellas; ¿realmente hace falta una lista de comparaciones para legitimar su calidad? Es imposible dejar de ver Los Soprano o The Wire tras el entramado de intereses en conflicto alrededor de la corrupción urbanística en la costa levantina (el entierro del primer capítulo de Crematorio parece un homenaje a los velatorios “familiares” de Tony Soprano), así como en los personajes protagonistas; José Sancho recuerda tanto a Gandolfini como Monserrat Carulla a Olivia Soprano, la mafiosa matriarca de Nueva Jersey; incluso la nieta de Sancho en la ficción es tan tocapelotas como el hijo de la Patty Hewes de Damages. Más allá de coincidencias argumentales, el principal valor “a lo anglosajón” de Crematorio es su formato, un drama de casi una hora de duración por capítulo articulado en ocho episodios por temporada.

Este elemento transgresor, que permitirá tratar tramas y personajes con más paciencia y efectividad, es tanto un riesgo (pensemos que los espectadores españoles están acostumbrados a series interminables) como una ventaja. Precisamente este "tuneado" occidental es un punto a favor de una posible exportación de la serie. A ello se suma una planificación audiovisual muy digerible (hace mucho tiempo que no veía un flashback tan bien utilizado en televisión), una estética elegante pero sencilla, unos exteriores identificables sólo para el público español y un reparto poco conocido en el extranjero (para evitar localismos). También habría mucho que comentar sobre el tono “más adulto” de la serie; el hecho de que se emita en un canal de pago permite dirigirla a un público más concreto (a priori, adulto y masculino) a través de ciertas “licencias de calidad” como los desnudos (ya lo hizo la HBO con Los Soprano, The Wire o Dime que me quieres).

Sin embargo, aceptemos que las comparaciones son odiosas y dejémoslas a un lado. Lo realmente encomiable de Crematorio es que, a pesar de dar un giro de 180 grados a la producción de televisión castiza, se niega a renunciar a la esencia cultural española; ¿quién va a querer ver una serie española que no tenga algún momento de lo más cañí? Y lo que es más valiente aún, Crematorio, a diferencia de la mayoría de lo que que se hace en nuestra industria catódica, se atreve a articular un discurso político de lo más contemporáneo; es una adaptación de la novela de Rafael Chirbes, del mismo título, que tiene mucho que decir sobre el distanciamiento de la familia y las raíces culturales en la sociedad del lujo (todos nos acordamos de Jesús Gil y las fiestas de Marbella hace apenas 20 años al ver esta serie). Y es que podríamos concluir que Crematorio es la fábula más precisa sobre la construcción del hombre español tras la Transición gracias al imperio del ladrillo; hombres ambiciosos que, con la intención de levantar un país empobrecido por una dictadura, sucumben a la avaricia a través del delito y el crimen.