Es indudable que Nurse Jackie es ciertamente paradigmática
en la representación del sistema sanitario estadounidense, y si la verdad catódica
ya era incómoda cuando el dramedia vio la luz en 2009, con la administración Obama
y la promesa del medicare aún lustrosa, se ha vuelto desesperante tres años
después, tras el golpe de Estado privatizador del doctor Cruz en el All Saints.
Si en la primera temporada Jackie Peyton tenía que ir a ponerse al baño cada
dos por tres para sortear las trampas de la jerarquía hospitalaria, regalar
medicamentos a los pacientes y manipular tarjetas de donación de órganos, la
crisis (esta vez la del profílmico) se cebó tanto con ella en la tercera entrega que hasta su santo marido acabó tirando la toalla. Sin embargo, la patronal de ATSs pone siempre al mal tiempo buena cara, Nurse Jackie says.
Mucho más
ahora que su heroína (fuera de coña) se ha propuesto decir al rehab que sí. Sorprendentemente, los cuernos de
Kevin, el desprecio de sus hijas y la intransigencia de su nuevo jefe no han
conseguido que vuelva al vicio. Al menos, de momento. Y es que parece que no
eran las pastillas lo que ayudaban a Edie Falco a ser la más santa de All
Saints… El síndrome de abstinencia no ha mermado su capacidad de sacrificio,
sino que ha recuperado a la Jackie más entregada, humana y reflexiva, la que
desapareció por completo en la poco afortunada tercera temporada. De nuevo, es
capaz de jugársela por alegrarle la mañana a una enferma de cáncer con gusto
por empinar el codo (genial el guest star de Rosie Pérez) o a un joven al que le
acaban de reimplantar los dos brazos y amputar el amor de su vida. En época de
crisis (contextual, I mean), más vale tener una buena enfermera a mano.




