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martes, 28 de mayo de 2013

La promesa del musical


SPOILERS de la segunda temporada de Smash

Se esfuma la promesa del musical televisivo. La cortina ha caído definitivamente para Smash, el musical más musical hasta hoy, probablemente el musical más musical que veremos en la pequeña pantalla. La serie de NBC, el gran proyecto de la network de los últimos años, agarró el toro por los cuernos en lo que se refiere al género y se metió con Broadway, que para algo es la Meca del espectáculo en cuestión, convirtiéndose en una de las ficciones más meta. No solo en lo musical, también en lo televisivo; Smash pasó a vivir de su propio chiste, y no le ha venido mal a la hora de despedirse, sin meterse el dedo en la llaga ni tomarse demasiado en serio pero con respeto hacia lo que tenía entre manos. Y es que lo de Smash ha sido un canto de cisne que se llevaba afinando un tiempo; tras una primera temporada que no convenció a la audiencia, Josh Safran sustituyó a Theresa Rebeck y parcheó la ficción de tal forma que perdió a los indecisos y cabreó a gran parte de sus defensores incondicionales. Las decisiones que parecían necesarias, tomadas a partir de la crítica y el hatewatching, resultaron fallidas en una dinámica perversa. Smash estaba herida de muerte.

Separar a Ivy y Karen, desmarcarse de Bombshell y meterse en Hit List para quitarle culebrón al asunto y dedicarse exclusivamente a Broadway acabó con el discurso más interesante y meta de Smash; el de los dos reflejos opuestos de la fama, el de la ambición desmedida de Ivy y el de la humildad sobre seguro de Karen, a través de la rehabilitación de una figura que siempre se debatió entre ellos dos. Marilyn Monroe fue el alma de la serie para aquellos para los que los tropezones de Smash eran solo un peaje que se pagaba gustosamente con tal de no perderse los geniales números musicales de Bombshell, y que han sido sus últimos valedores. La 'popera' Hit List era el alivio necesario –dábamos por hecho que la ficción sería insostenible con un solo musical–, que acaba cuajando en los últimos capítulos, aunque no gracias a sus protagonistas. Jimmy y Kyle, los creadores de Hit List, han sido una de las malas decisiones de la segunda temporada, personajes arquetípicos interpretados por actores mediocres (por no hablar del fichaje desaprovechadísimo de Jennifer Hudson), que además comparten escena una y otra vez con la unigestual Katharine McPhee. Mientras tanto, las carismáticas Megan Hilty y Bombshell perdían protagonismo por defecto. 

La segunda temporada de Smash pone sobre la mesa de nuevo la efectividad de ese 'quiero y no puedo' de las networks para acercarse al cable con series más cuidadas y de menos capítulos, entre las que también ha fracasado The Following. La de NBC triunfa en lo visual y en las fórmulas del género pero no en lo dramático, en lo que roza el absurdo; la Smash de Josh Safran ha abierto tramas que cantan por innecesarias incluso en los tres últimos capítulos. ¿Debería haber cerrado otros conflictos como la reconciliación sin rematar de Karen y Ivy? ¿Nos dice algo el embarazo de Ivy o la relación de Tom con el actor supuestamente gay de cara a la finaleel showrunner afirmó en Entertaiment Weekly que la tercera temporada de Smash habría tirado por el musical de Hollywood– o es una puerta abierta ante una posible resurrección que no han cerrado? La recta final se marca además un Deus ex machina de libro que nos ha costado comprar y que, según explica Safran también en la entrevista, tenía preparado desde el principio. La muerte de Kyle causó tan nulo impacto emocional como la aportación anterior del personaje a la temporada, pero sirvió para remendar a las malas ciertos descosidos, y con eso nos hemos conformado a tales alturas de la película. 

La desaparición del joven dramaturgo reconcilió al equipo de Hit List, convirtió el musical en el nuevo fenómeno de Broadway, lo mandó directo a los Tony y nos regaló algunos últimos números dignos. Pese a que el Rent particular de Smash no provoca ni la mitad de simpatía que Bombshell, es innegable que ha ayudado a la serie a bordar esa parte de identificación del género que la hace irrepetible. Los momentos musicales protagonizados por Marilyn Monroe hablaron del duro camino a la fama con tanta claridad como Don't Let Me Know o The Love I Meant To Say, de Hit List, lo hacen sobre la tormentosa relación entre el bala perdida de Jimmy, Karen y Kyle. Esa autorreferencialidad se ha repetido de forma divertida en lo que respecta a la recepción de la serie por parte de la audiencia, sobre todo en la finale: Derek, Julia y Jimmy acaban enfrentándose a sus errores; Bombshell y Ivy baten a Hit List y Karen en los Tony en la ficción así como en la realidad Megan Hilty ha superado a Katharine McPhee en carisma; incluso Christian Borle, que interpreta a Tom Levitt, la gran estrella de la serie, dedica un guiño a la cámara. Smash no ha conseguido ser el musical definitivo que prometió, pero ha abierto un camino del género que será difícil volver a transitar.

domingo, 20 de mayo de 2012

¿Por qué Smash no es tan mala?


SPOILERS de la season finale de Smash 

Smash ha acabado siendo cualquier cosa menos un exitazo. Pero ya se sabe que la papelera de la NBC está llena de buenas intenciones, y que sus promesas de ficción se cotizan actualmente como bono catódico basura. Vuelve a no resultar paradójico, en esta ocasión ni siquiera por el título, que una gran apuesta de NBC, a la que se ha dado una gran oportunidad publicitaria y en parrilla, y para la que se ha negociado el regreso de diosas televisivo-cinematográficas como Debra Messing o Anjelica Huston, se convierta en un despropósito de audiencias modestas y reviews peor que tibias. Sin embargo, muy a pesar de su ilógica narrativa y de personajes, Smash ha conseguido ser la más resultona de la midseason, lo que tampoco es decir mucho. Usadas sus armas de relato seriado con mayor o menor acierto, lo cierto es que la de la NBC sobresale como metareflexión posmoderna sobre un género al que la pequeña pantalla tenía que enfrentarse de una vez por todas tras el tangencial acercamiento de Glee. Smash es peaje obligatorio de camino al musical televisivo definitivo.

 
Para bien y para mal, es precisamente esa frontalidad en el abordaje de las formas musicales de Hollywood su orgullo y su vergüenza. ¿Qué hay más musicable que Broadway? ¿Qué hay más pop que Marilyn Monroe? ¿Qué hay más obvio que una rubia y una morena a guantazos entre bambalinas por un papel estelar? La veterana Theresa Rebeck (Catwoman, Policías de Nueva York) dramatiza en Smash la producción de un musical sobre la vida de Norma Jean, y consigue profundizar, consciente o inconscientemente, en la vertiente contemporánea de esa figura kitsch por excelencia y rehabilitar ciertas fórmulas del cine clásico y su reverso sobre las carteleras de Manhattan.

Tras décadas en que Monroe sólo ha servido para vender reproducciones baratas de Warhol y monederos en bazares chinos, Smash se atreve con su historia como un cuento menos maniqueo de lo que pueda parecer sobre la farándula norteamericana. Dos actrices, Ivy Lynn (Megan Hilty) y Karen Cartwright (Katharine McPhee), luchan por el papel protagonista sin saber que la trayectoria de ambas confluye, desde lugares aparentemente irreconciliables, en la malograda diva. Ivy, la veterana y ambiciosa rubia, como Marilyn Monroe, acaba relegada al coro y enganchada a las pastillas; la inocente y prometedora Karen, como Norma Jean, se convierte finalmente en la estrella del show, envidiada y sola, habiendo pagado el pato de su vida personal. 


En la misma línea, Smash es curiosamente actual en el tratamiento de ciertas convenciones narrativas sobre el espectáculo, como la enemistad entre lo económico y lo creativo, la homosexualidad en el arte, la envidia, la decadencia, el sexo y la infidelidad. Del cinismo y la contradicción nace lo contemporáneo, de los errores se muestra tanto la perversión como la expiación: Eileen (Huston), la productora, acaba dependiendo de su novio más joven para sacar adelante el proyecto; Derek (Jack Davenport), el director, acostumbrado a aprovecharse de las actrices, termina apostando por aquella a la que no se ha encalomado; Rebeca Duvall (Uma Thurman), la estrella, abandona por el bien del show; Julia (Messing), madre de familia infiel, recupera finalmente a su marido. Sin embargo, y pese a su enjundia (que la tiene) como ejemplar musical sobre la fama, el cliché rehabilitado de Smash es aún deficiente como relato televisivo, y puede resultar tan original como ridículo (yo soy más de Touch me que del momento Bollywood). Que se lo digan a Pan Am; darle la vuelta al kitsch de esta manera puede ser peligroso.