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sábado, 8 de junio de 2013

La Boda Roja, en ocho clicks


Pataletas, ataques de ansiedad, arrancones de pelo, portátiles destrozados, disturbios en la sede de HBO y mucho más ha causado la Boda Roja. Las lluvias de Castamere, la escabechina última de Juego de Tronos, ha sido el acontecimiento televisivo del año. Para los que se hayan quedado tocados y, como yo, aún tengan pesadillas, propongo ocho lecturas sobre tan sangrienta ceremonia, el contexto de producción del capítulo e interesantes diferencias respecto al libro. 

- Why Game of Thrones' Red Wedding packs such an emotional impact. AV Club publicó el pasado martes una de las reviews más interesantes sobre Las lluvias de Castamere. Profundiza en la importancia de la muerte de Robb y Catelyn en el imaginario de Juego de Tronos y el 'falso protagonismo' de los Stark.

- Entertaiment Weekly se ha hecho con las entrevistas más jugosas: George R. R. Martin y Michelle Fairley. En un cuestionario breve, pero intenso, el escritor habla de por qué Las lluvias de Castamere es su parte preferida de la saga y la actriz del difícil papelón de intrepretar a Catelyn en la shockeante escena.

- Tan emocionados como autor e intérprete se puede ver a David Benioff y D. B. Weiss (de hecho, al borde del colapso nervioso), creadores de la serie, en el vídeo Inside the Red Wedding. Los productores hacen un videocomentario sobre los costes emocionales y de producción de una ficción como Juego de Tronos.

- ¿Os suenan las leyes de hospitalidad, la Cena Negra y la masacre de Glencloe? Uno de los debates con más chicha es el reflejo histórico de la saga. ¿Qué acontecimientos reales inspiraron la Boda Roja? Palabra de Martin.

- Game of Thrones' biggest book fans on TV's Red Wedding. Did it work? El punto de vista de los (cansinos) lectores. Vulture habló con cinco incondicionales de Canción de Hielo y Fuego sobre las diferencias entre el capítulo y la escena de Las lluvias de Castamere. El pan, la sal y Talisa, por ejemplo.

- ¿Es Las lluvias de Castamere la consagración definitiva de Juego de Tronos? ¿Ha conseguido la serie pulir las aristas y entrar por méritos propios entre las grandes? Desnudas, de El diario de Mr. Macguffin, y Refutando cinco críticas a Juego de Tronos, de 1001 Experiencias, callan bocas y defienden su grandeza.

- Bonus track para tomarnos la carnicería con humor. 6 reasons why Red Wedding in Game of Thrones was inevitable, de Top Yaps. El efecto diegétido es poderoso.

miércoles, 5 de junio de 2013

La coronación de Juego de Tronos


SPOILERS de la tercera temporada de Juego de Tronos

Juego de Tronos había sido un paseo hasta Las lluvias de Castamere. El noveno capítulo de la tercera temporada afronta uno de esos retos que consagran o destruyen a una serie. En su caso la ha hecho más grande. La de HBO siempre ha sido una ficción arriesgada y valiente; lo fue en su intención de adaptar Canción de Hielo y Fuego, la saga literaria contemporánea más compleja, y lo fue en su cambio de tercio de programación respecto a la cadena. Es incuestionable que Juego de Tronos ha supuesto más éxitos que disgustos a la cadena, pero también que ha sido de sus ficciones de primera a la que más le ha costado ponerse a la altura de las grandes, entrando a las nominaciones importantes por los pelos y haciéndose con algún premio de consolación. Y es que el entretenimiento en el cable sigue sin estar bien visto. La cuestión es que la Boda Roja, el episodio de Tormenta de Espadas en que Robb Stark, su esposa y su madre, Catelyn, son despiadadamente asesinados por los Frey tras el casamiento de Edmure Tully, ha sido siempre una de las polémicas de la saga y una de las incertidumbres de la serie para los lectores, que esperaban ansiosos su resolución en la pequeña pantalla. El que fue el capítulo de Canción de Hielo y Fuego preferido por George R. R. Martin pese o por su crudeza –el escritor habló para EW sobre el origen real de la Boda Roja– es la escena por la que Juego de Tronos sale a hombros de la plaza.

Y nosotros que aplaudimos y lloramos de alegría al verla por fin cabeza de cartel, por seguir con el rancio símil tauromáquico. Las lluvias de Castamere ha sido la puesta de largo de calidad para los críticos y para los espectadores que aún pedíamos algo más. Y aunque es verdad que la tercera temporada de Juego de Tronos ha sido especialmente redonda, la serie había puesto sus excelentes cartas sobre la mesa desde el principio. Es sorprendente que nos echemos las manos a la cabeza, para bien o para mal, cuando la ficción (en primer lugar la novela) se atrevió a cargarse a Ned Stark, el personaje que nos introdujo en las oscuras intrigas de Desembarco del Rey, en la primera temporada. Sin embargo, el tono oscuro que cobró desde entonces Juego de Tronos se ha vuelto desesperadamente amargo tras las crueles escenas de Las lluvias de Castamere. Y no porque Robb, Catelyn y Talisa fueran los personajes más carismáticos –de hecho eran los más 'planos' de la serie, como analizan en AV Club– sino porque simbolizan la muerte de la esperanza. Robb fue el heredero de la nobleza de Ned, y Catelyn simbolizó, con más grises, el honor y la compasión como matriarca. Esa idea del honor, muy presente en la escena, la hace más desesperanzadora –"hemos comido de tu pan y de tu sal", se refiere Catelyn a las leyes de hospitalidad, e implora que no maten a su hijo "por el honor de los Tully y por el honor de los Stark"–.

La crudeza de la escena –no tanto por lo sangriento, pues no es pornográfica más allá de lo que exige lo que está pasando– gana también por lo indigno e inevitable. Son de piel de gallina las imágenes en que Catelyn escucha los primeros acordes de la canción Las lluvias de Castemere y descubre la malla metálica bajo la camisa de Roose Bolton antes de que asaeteen y apuñalen salvajemente a su nuera y a su hijo para ser ella degollada después, una planificación audiovisual de perfecto suspense que debemos a David Nutter, director del episodio. Y es que en Poniente con honor y distinción no se va a ningún sitio, algo que habríamos aprendido ya si dejáramos de ver con los ojos de la costumbre. La razón por la que Juego de Tronos es una merecida serie HBO es porque ha sido pionera a la hora de contar las historias sirviéndose del contemporáneo George R. R. Martin, algo que Homeland ha ayudado a rematar; el relativismo de los puntos de vista que nos acercan a ellas. Los Stark son protagonistas de Juego de Tronos solo porque nos acercaron a su historia en un principio (lo que se llama efecto de primacía), una estirpe muy bien elegida por el autor, ya que simbolizan el honor y la justicia, inútiles en Poniente, para poder metérnosla doblada después. Sería injusto decir que saga y ficción se consagraron por un capítulo o una escena, pero no si ésta representa tal salto cualitativo, que emprendieron a costa de reputación y seguidores. Juego de Tronos es la única ficción actual que podría enfrentarse a tal reto, y lo ha hecho de sobresaliente.

Coda. La Boda Roja, el ocho clicks

miércoles, 15 de mayo de 2013

El salto del tiburón


SPOILERS de la segunda temporada de Revenge y Once Upon a Time

Debe de estar el pobre animal atragantadísimo con las noches de domingo de ABC, sobre todo después de las season finale que se han marcado esta semana Revenge y Once Upon a Time. A ellas nos enfrentamos entre el estupor y el horror de no haber visto temporadas tan malas en mucho tiempo, el hype ante un último tramo algo más movidito y la vergüenza de seguir viéndolas, pero estaba claro que iban a tirar de trampa para dejarnos con ganas de más. Como si fuera un salto del tiburón de los de toda la vida, esos giros que usan las ficciones cuando las audiencias no las acompañan, y en este caso particular, cuando los pocos expertos que las apoyaban han tirado también la toalla, para ganarse otra oportunidad aun sacrificando coherencia. Como de eso ya andaban cortas la maniobra tenía que surtir efecto sí o sí. Más en el caso de Revenge; la serie de Mike Kelley –¿qué será de ella tras la marcha de su creador, por mucha supervisión que nos quieran vender?– se despidió con una finale de dos horas a lo blockbuster: tras apagones y explosiones en pleno Manhattan, remató con la muerte de Declan y la confesión de Amanda. El viaje a Neverland en Once Upon a Time, sin embargo, ha patinado más que su compañera en lógica y también en cliffhanger.

Desde su debut en la parrilla de ABC en septiembre y octubre de 2011, desde fórmulas muy dispares también, lo de Revenge y Once Upon a Time han sido curiosamente vidas paralelas: ambas aligeraron la pequeña pantalla con formatos más frescos (una lideró la legitimación del culebrón de la nueva era, otra renovó el fantástico con guiños a Perdidos), sobrevivieron como los mejores estrenos de network y sorprendieron con finales modélicas tras algunos tropiezos en su primera temporada. Tropiezos que, por desgracia, han sido la tónica general para las dos en la segunda entrega; no se sabe bien si por no haber estudiado bien sus reglas o por haberlo hecho demasiado al dedillo. Si sus temporadas iniciales tuvieron buen ojo para definir la dirección de la serie y los personajes, las últimas han padecido todo lo contrario. Revenge volvió a emplear el juego temporal para mostrarnos el barco de Jack en el fondo del océano así como en el capítulo piloto nos sugirió la muerte de Daniel; sin embargo, la tensión climática ha brillado por su ausencia en el resto de episodios. Otro suspenso para Once Upon a Time, que comenzó a pelo y se ha debatido de forma cutre y aburridísima entre el regreso a Storybrooke, la dimensión real y en los últimos capítulos Nunca Jamás. 

La misma tontuna y sinsentido para los personajes, tanto los protagonistas como los nuevos secundarios. ¿Cuál de entre todas las puñaladas traperas que acumula Amanda Clarke es la importante, que me pierdo? ¿A quién quiere, a Jack, a Aiden o a Daniel? ¿Por qué Emma y Snow se han convertido en los personajes más maniqueos y estúpidos de la televisión? Otro tanto con los alivios de casting; que alguien me diga para qué han servido Aiden Mathis, Padma Lahiri o el medio hermano negro en Revenge. Mención aparte merece la tramposísima treta de la madre de Amanda, el gran cliffhanger de la primera temporada que prometía tramas infinitas para los nuevos capítulos; a Jennifer Jason Leigh, que podría haber dado muchísimo juego (confío en que volverá para arrastrar de los pelos a Victoria Grayson por los Hampton), la finiquitan de manera triste en dos episodios. Once Upon a Time parecía haber tenido más suerte con Cora y Hook como simpáticos villanos de remplazo hasta que llegaron Greg y Tamara del mundo real, que dan risa a los esbirros de Cruella de Vil. Por no hablar del reparto vergonzoso que gasta, desde Jared Gilmore, el niño protagonista, al logopeda urgente de Emilie de Ravin, que pierde funciones motoras capítulo a capítulo.

Con este panorama para echarse a llorar cualquiera se anima a ver una season finale, si acaso por el placer de cerrar temporada y poder arrancarse los ojos con los deberes hechos. Aún así, nosotros, animales televisivos, ya sabíamos que Revenge y Once Upon a Time son series de final de temporada, y hay que tener mucha fuerza de voluntad para no volver, al menos, a los brazos de Amanda Clarke. Revenge deja las puertas abiertas a nuevas venganzas –la de Nolan, a quien le han colocado el muerto de la Iniciativa; la de Jack contra Conrad Grayson, que se ha cargado a Declan en una cruel estrategia para destruir las pruebas que le implican en la muerte de la falsa Amanda– y otros giros whatthefuckeantes –el embarazo de Charlotte, el hijo desaparecido de Victoria y la confesión de Amanda a Jack en el último segundo–. Quien no nos la da con queso es Once Upon a Time, que nos ha dejado tan abrumados como horrorizados ante los parentescos de Storybrooke, que es más culebrón que Revenge –Henry es hijo de Baelfire, el hijo perdido de Rumple, que a su vez tuvo más que palabras con Cora, la madre de Regina–. Como todo queda en casa, Emma, Snow y familia se alían con Hook para salvar a Henry de Peter Pan, al que parecen haber sodomizado convirtiéndole en villano de Nunca Jamás. Sal de frutas para el tiburón.

jueves, 23 de junio de 2011

'Lo que debes entender sobre reyes'


Eso es lo que el Gran Maestre Pycelle intenta explicar en la season finale de Juego de Tronos… Y es sólo uno de los síntomas de que nada puede darse por supuesto en la primera entrega de esta serie; la ficción catódica basada en Canción de Hielo y Fuego ha conseguido dar la vuelta a todo lo que esperábamos de ella. El esperadísimo estreno de abril generó un interesante freakie-debate entre los más escépticos, donde se contaban amateurs no lectores e incondicionales de la saga literaria con poca confianza en la adaptación televisiva, y los más entregados, a los que les bastaba con ver a los personajes en carne y hueso en una producción de la HBO. Pero no hay prejuicios ni expectativas que valgan; meses después de su comienzo ha quedado claro que Juego de Tronos rompe todos los esquemas.

Juego de Tronos conquista a apocalípticos e integrados… Los productores David Benioff y D. B. Weiss, con el respaldo de George R. R. Martin y realizadores curtidos en la HBO como Tim Van Patten y Alan Taylor, han sacado adelante una de las mejores series del año; dedicó los primeros capítulos a presentar a los protagonistas y las principales líneas de continuidad, calentando motores para una recta final de infarto: el ajusticiamiento de Ned Stark, la transformación de Daenerys o la elección del Muro por Jon Nieve son ejemplos de las vueltas que da la vida por Poniente. Pero no sólo de cliffhangers vive Canción de Hielo y Fuego...

Juego de Tronos es una serie de personajes que no renuncia al entretenimiento. Convence por su excelente construcción de protagonistas, uno de los aspectos más temidos por los seguidores de Martin. Aunque ya se sabe que la reformulación televisiva puede dificultar una dedicación a los personajes tan esmerada como en la versión original, la ficción destaca por su sutileza a la hora de permitirnos entrar en cada uno de ellos; la desesperación de Viserys por recuperar el trono, la perseverancia de Cersei para proteger su linaje, la inferioridad de Tyrion o Nieve frente a su familia…


Y aunque no acabemos entendiendo mucho sobre reyes, si que nos explicamos ahora por qué la HBO ha apostado por Canción de Hielo y Fuego. Lejos de la moralidad y el rollo parabolista de otras sagas fantásticas, Juego de Tronos es como la vida misma. No habla, o al menos no todavía, del conflicto entre el bien y el mal, ni de la justicia ni de la redención… Juego de Tronos melodramatiza las convenciones del género fantástico de forma esperpéntica, deformada, excesiva, para hablar de la familia, la sangre, la confianza y la corrupción del poder. Es tan sucia y tramposa como la realidad.