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martes, 19 de noviembre de 2013

¡Downton Abbey, poséeme!


 SPOILERS de la cuarta temporada de Downton Abbey 

El día en que Shonda Rhimes y Julian Fellowes compartan el espacio comprendido entre cuatro paredes se romperá la televisión. Pensaba que nadie como la creadora de Anatomía de Grey y Scandal podría hacerme tan feliz y avergonzado al mismo tiempo, pero lo que hace el dueño y señor de Downton Abbey me perturba muchísimo más. Olivia Pope va de cara, la ves venir, pero el conde de Grantham te pilla por la espalda y te la mete doblada; Scandal se toma muy poco en serio (no hay más que ver los tuits del equipo de la serie en las noches de episodio), Downton Abbey va de elegante y no pasa de ser un culebrón muy bien producido pero bastante burdo y tramposo en ocasiones (es el efecto de lo made in UK, además del boom crítico que ha tenido siempre la ficción en Estados Unidos). Y lo que es peor, nosotros nos lo creemos. Yo, incondicional absoluto de James Ivory y su Regreso a Howard’s End, de la Sentido y sensibilidad adaptada por Emma Thompson, yaciendo con Downton Abbey cual victoriana con highlander. Pero vamos, que me encanta; ya le gustaría a muchas series presumir de ese nivel y llevarse al público y a los especialistas de calle como ella. La cuarta temporada me ha marcado otro gol; la comencé entre el estupor de la escabechina anterior y he acabado sonriendo y llorando de emoción en pleno mercadillo de los Grantham. Me abandono. ¡Downton, poséeme!

La cuarta temporada de la serie ha devuelto a Fellowes algunas de las críticas más feroces en lo relativo a sus giros de guión. La violación que sufre Anna Bates por parte de un empleado de Lord Gillingham, nuevo love interest de Lady Mary, dejó a todos con la boca abierta y a muchos con un cabreo de narices. El guionista de Downton Abbey, que siempre ha evitado los lugares comunes culebronescos, rematando con decisiones originales, trata con su particular frivolidad (en casa de Robert los problemas duran poco más de dos capítulos, sobre todo por el tiempo que transcurre en la serie entre ellos) un tema que ya muy pocos se atreven a tocar, el de la violencia sexual, por peliagudo y por viejuno en lo que se refiere a la ficción. The Fall nos regaló hace unos meses varias lecciones sobre cómo abordarlo sin caer en el morbo o el victimismo, y lo cierto es que el culebrón de ITV no se lo ha montado mal. El creador de la serie se lió la manta a la cabeza con una trama que nadie esperaría, que todos criticarían y de la que sabría salir, una vez más, a la perfección. El respeto con el que se rodó la escena (a puerta cerrada, a lo Hitchcock en Frenesí) y esa distancia emocional a la que acostumbra Fellowes sirvió para hablar de forma transversal de la fortaleza del matrimonio Bates y del lado más oscuro del mayordomo. 

Algo similar vivió el equipo de Downton Abbey tras la emisión de su último capítulo navideño, en que protagonistas y espectadores tuvieron que despedir a Matthew Crawley, esposo recién parido de Lady Mary, en un accidente de coche mortal. Una decisión muy acertada teniendo en cuenta las limitadas opciones que les dejaba la marcha de Dan Stevens, desagradecido con la ficción que le había dado la fama. Julian Fellowes volvió a demostrar ahí un gran sentido televisivo: sabe dar a su género y a su audiencia lo que quieren, sabe ponerlos en posiciones morales muy comprometidas (y sí, también vergonzantes) y sabe además salir de ellas con una maestría que daría envidia a productores más laureados. Por no hablar de cómo ha puesto a punto y ha mandado fuera de las Islas, y en época de crisis, una fórmula que siempre se ha prestado a debates sobre el clasismo; como muestra la simbólica imagen partida que sirve de cabecera, son los de la planta de abajo los que mantienen Downton Abbey en pie. Cuestiones como ésta convierten a Fellowes en uno de los showrunners con mayor proyección pese a su edad, y sobre todo, a aquello que merece un buen pulido, desde los personajes de un inmovilismo insoportable (Patmore y su aburridísima cocina) a los que sirven de diana para toda desgracia (los Bates por delante). Pero insisto: ojalá todo fueran placeres culpables si ser un placer culpable es ser Downton Abbey. 

lunes, 14 de octubre de 2013

Olivia Pope, la amante (negra) de Estados Unidos


Dice Shonda Rhimes que no le gusta que Scandal llame la atención de los críticos por el hecho de que Olivia Pope, su personaje protagonista, sea negra. En un divertido reportaje de The New York Times (bien podría estar redactado por un guionista de Scandal, incluso por la misma Shonda), la productora sale con esta cita que es puro divismo: "Los personajes creados por gente que no son de color se pasan el tiempo hablando de cómo ven el mundo por el hecho de ser negros. No es así como funciona el mundo; yo soy negra y no estoy confusa al respecto". La cuestión no es que Olivia Pope sea negra, es que encima es 'la otra', la querida del presidente de los Estados Unidos, que se dice pronto. Si nos ponemos a rizar el rizo, el 'líder del mundo libre', como en la serie gustan de llamar al POTUS, es el único 'prota' masculino, blanco y heterosexual, y por si fuera poco su Primera Dama, su amante negra y su jefe de personal, que es homosexual, le vacilan continuamente. Quizá debamos hacer caso a Rhimes y dejar de juzgar a los personajes por ser hombres o mujeres, blancos o negros, y hacerlo por si son buenos personajes o no, pero en esto la creadora de network por antonomasia peca de humilde. Scandal es un milagro de la representación, aquí y en Pekin.

Y encima es una de las ficciones más vistas de Estados Unidos en plena crisis de la televisión en abierto. Cuando regalas un personaje tan potente como el que interpreta Kerry Washington, que se ha convertido en la última diva catódica de relumbrón, y tramas locas y taquicárdicas como las de Scandal, que seas negra es lo de menos, por mucho que te vistan todo el rato de blanco. De hecho, las referencias a que Olivia Pope, ex jefa de comunicación de la Casa Blanca y ahora directora de un gabinete de gestión de crisis, sea afroamericana se reducen a dos: el momento en que ella misma se compara con Sally Hemings, la concubina negra de Thomas Jefferson, y cuando confunden a su empleada Abby con ella por el hecho de ser blanca y salta con su "Yo soy Olivia Pope". Lo cierto es que a Shonda Rhimes siempre le persigue la sombra de lo racial, y esta vez le ha venido bien para legitimar su soap opera política. La productora negra por excelencia, víctima del braguetazo definitivo de ABC (Anatomía de GreyPrivate Practice han protegido las cifras de la cadena durante años), crea una protagonista de color, profesional intachable, que mantiene a Norteamérica a salvo de cuernos y magnicidios. Con esto eres pura carne de columna y nominación.

Aunque estos rollos de representación (cómo la tele refleja determinadas cuestiones o grupos sociales) se nos pasen por alto es un debate que está siempre en la mesa, sobre todo porque los anunciantes se mueven en estos términos categóricos. Un par de apuntes: Olivia Pope es la primera protagonista negra de un drama en la pequeña pantalla en abierto desde Busquen a Christie Love, en 1974, y el hecho de que Sleepy Hollow haya fichado a Nicole Beharie como cabeza de reparto todavía parece un suicidio. En el caso de Scandal, a lo racial se suma lo femenino. ¿Cómo puede liderar una serie y triunfar a lo personajazo una mujer que se ha metido en el matrimonio del presidente de Norteamérica? Preguntadle a Olivia. La serie parece en ocasiones un ensayo sobre la infidelidad; en su papel de amante de los Estados Unidos, Pope se encarga de salvar de la quema a queridas de reverendos y esposas infieles de senadores y a moderar terapias de pareja por doquier mientras se enfrenta a los envites de la diabólica y despechada Primera Dama. ¿Tanto están cambiando los discursos y las tradicionales audiencias? Si por Shonda Rhimes fuera, sí; Scandal es un pelotazo de personajes sin habernos metido todavía en harina, en los speeches sobre 'gladiadores en traje' o 'sombreros blancos' (mátame, camión). Con debates ideológicos como éstos, que consiguen audiencias, reviews especializadas, portadas en EW y nominaciones a los Emmy, ¿quién necesita una serie de calidad?

jueves, 30 de mayo de 2013

Nashville en vena


SPOILERS de la primera temporada de Nashville

Nashville es esa serie de la que nadie hablaba hasta que ha acabado. Pero no en plan calidad retrospectiva a lo The Wire; el culebrón funciona mejor a lo montaña rusa. Cuando estás arriba el mamarrachismo noventero te hace pasarlas putas, pero cuando te bajas estás loco por repetir, sobre todo si hay cliffhanger con slow motion de por medio, y ya se sabe que en este blog somos muy de la soap-opera de prime time. La fórmula culebronazo meets musical con acordes country hizo de Nashville uno de los proyectos más simpáticos de los Upfronts 2012 (este blog es tanto de la soap-opera como de las Dixie Chicks), no solo por el divismo que prometían los tirones de pelo entre dos reinas del banjo, sino porque Connie Britton iba a ser una de ellas, la más reina, Rayna, que no se llama así en la ficción gratuitamente. Sin embargo, la promesa de ABC, que comparte género y parrilla con otras más mainstream como Revenge o Scandal, se desvaneció tras un piloto muy meh en el que guión y canciones eran mucho más horribles de lo esperado. Pero qué bien le sienta lo cutre a una serie como Nashville que 21 capítulos y algunos cuernos, divorcios e hijos ilegítimos después está en todas las home de blog. Y el country se lo dejamos a las Dixie Chicks.

Y lo del cliffhanger con slow motion va en serio, por algo es Nashville el culebrón más vintage. La escala es la siguiente: Revenge es la más contemporánea, con twists que tiran de explosión y contraseña de base de datos; Dallas consagra las telenovelas latinas de la década de los 2000 pero también tiene tablet y Windows 9, y Nashville es pura guitarra, giro venezolano y recurso noventero a lo cliffhanger con slow motion. El placer está servido. La pelea de gatas entre la veterana y la advenediza es un rito de paso del género, y aunque ha sido ése el atractivo de la serie, Nashville no ha podido con los tándem Hewes-Parsons (Damages también era muy del culebrón) o Grayson-Clarke. La cuestión es que la intención de Callie Khouri, oscarizada por el guión de Thelma y Louise y hoy creadora de Nashville, no era honrar al género sino componer un relato sobre la industria musical; el resultado, tan superficial que ha quedado para hacer compañía a la Sue Ellen Ewing de turno. El enfrentamiento entre Rayna James (Britton), una veterana del country que reivindica su gloria, y Juliette Barnes (Hayden Pannetiere), una joven estrella que huye del taylorswiftismo, no consigue contar nada nuevo sobre eso tan jodido que dicen que es la fama.

Lo estrictamente musical tampoco nos invita a tomarnos Nashville en serio, y eso que el encargado de tal tarea es T-Bone Burnett, compositor clave de la industria y marido de Khouri. El equipo del productor no ha logrado sacar más de un par de temas interesantes (Casino, de Clare Bowen y Sam Palladio, y las actuaciones de Lennon y Maissy Stella, que interpretan a las hijas de Rayna James, son lo mejor de la serie), ni siquiera cantados por las protagonistas (y gracias, porque son letales al micrófono). Si añadimos las disputas de producción que comentaba Deadline y el descontento de Connie Britton hacia el pésimo guión, nos quedamos con una serie atomizada sin demasiado potencial que puede dar gracias por seguir viva. A falta de un gran musical, genialérrimas son las tortas de Rayna y Juliette en plena gira: amores y paternidades imposibles (no hay forma de que Rayna y Deacon echen un polvo a gusto); intrigas políticas de andar por casa (las del pánfilo alcalde Conrad, ex marido de la James, y su suegro); ligoteos empalagosos sobre el escenario (Scarlett y Gunnar, la mejor opción musical de Nashville), y dramas familiares variados (lo de Juliette y su madre es de soap-opera de libro). Un culebrón como Dios manda, y encima con canciones pegadizas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

El salto del tiburón


SPOILERS de la segunda temporada de Revenge y Once Upon a Time

Debe de estar el pobre animal atragantadísimo con las noches de domingo de ABC, sobre todo después de las season finale que se han marcado esta semana Revenge y Once Upon a Time. A ellas nos enfrentamos entre el estupor y el horror de no haber visto temporadas tan malas en mucho tiempo, el hype ante un último tramo algo más movidito y la vergüenza de seguir viéndolas, pero estaba claro que iban a tirar de trampa para dejarnos con ganas de más. Como si fuera un salto del tiburón de los de toda la vida, esos giros que usan las ficciones cuando las audiencias no las acompañan, y en este caso particular, cuando los pocos expertos que las apoyaban han tirado también la toalla, para ganarse otra oportunidad aun sacrificando coherencia. Como de eso ya andaban cortas la maniobra tenía que surtir efecto sí o sí. Más en el caso de Revenge; la serie de Mike Kelley –¿qué será de ella tras la marcha de su creador, por mucha supervisión que nos quieran vender?– se despidió con una finale de dos horas a lo blockbuster: tras apagones y explosiones en pleno Manhattan, remató con la muerte de Declan y la confesión de Amanda. El viaje a Neverland en Once Upon a Time, sin embargo, ha patinado más que su compañera en lógica y también en cliffhanger.

Desde su debut en la parrilla de ABC en septiembre y octubre de 2011, desde fórmulas muy dispares también, lo de Revenge y Once Upon a Time han sido curiosamente vidas paralelas: ambas aligeraron la pequeña pantalla con formatos más frescos (una lideró la legitimación del culebrón de la nueva era, otra renovó el fantástico con guiños a Perdidos), sobrevivieron como los mejores estrenos de network y sorprendieron con finales modélicas tras algunos tropiezos en su primera temporada. Tropiezos que, por desgracia, han sido la tónica general para las dos en la segunda entrega; no se sabe bien si por no haber estudiado bien sus reglas o por haberlo hecho demasiado al dedillo. Si sus temporadas iniciales tuvieron buen ojo para definir la dirección de la serie y los personajes, las últimas han padecido todo lo contrario. Revenge volvió a emplear el juego temporal para mostrarnos el barco de Jack en el fondo del océano así como en el capítulo piloto nos sugirió la muerte de Daniel; sin embargo, la tensión climática ha brillado por su ausencia en el resto de episodios. Otro suspenso para Once Upon a Time, que comenzó a pelo y se ha debatido de forma cutre y aburridísima entre el regreso a Storybrooke, la dimensión real y en los últimos capítulos Nunca Jamás. 

La misma tontuna y sinsentido para los personajes, tanto los protagonistas como los nuevos secundarios. ¿Cuál de entre todas las puñaladas traperas que acumula Amanda Clarke es la importante, que me pierdo? ¿A quién quiere, a Jack, a Aiden o a Daniel? ¿Por qué Emma y Snow se han convertido en los personajes más maniqueos y estúpidos de la televisión? Otro tanto con los alivios de casting; que alguien me diga para qué han servido Aiden Mathis, Padma Lahiri o el medio hermano negro en Revenge. Mención aparte merece la tramposísima treta de la madre de Amanda, el gran cliffhanger de la primera temporada que prometía tramas infinitas para los nuevos capítulos; a Jennifer Jason Leigh, que podría haber dado muchísimo juego (confío en que volverá para arrastrar de los pelos a Victoria Grayson por los Hampton), la finiquitan de manera triste en dos episodios. Once Upon a Time parecía haber tenido más suerte con Cora y Hook como simpáticos villanos de remplazo hasta que llegaron Greg y Tamara del mundo real, que dan risa a los esbirros de Cruella de Vil. Por no hablar del reparto vergonzoso que gasta, desde Jared Gilmore, el niño protagonista, al logopeda urgente de Emilie de Ravin, que pierde funciones motoras capítulo a capítulo.

Con este panorama para echarse a llorar cualquiera se anima a ver una season finale, si acaso por el placer de cerrar temporada y poder arrancarse los ojos con los deberes hechos. Aún así, nosotros, animales televisivos, ya sabíamos que Revenge y Once Upon a Time son series de final de temporada, y hay que tener mucha fuerza de voluntad para no volver, al menos, a los brazos de Amanda Clarke. Revenge deja las puertas abiertas a nuevas venganzas –la de Nolan, a quien le han colocado el muerto de la Iniciativa; la de Jack contra Conrad Grayson, que se ha cargado a Declan en una cruel estrategia para destruir las pruebas que le implican en la muerte de la falsa Amanda– y otros giros whatthefuckeantes –el embarazo de Charlotte, el hijo desaparecido de Victoria y la confesión de Amanda a Jack en el último segundo–. Quien no nos la da con queso es Once Upon a Time, que nos ha dejado tan abrumados como horrorizados ante los parentescos de Storybrooke, que es más culebrón que Revenge –Henry es hijo de Baelfire, el hijo perdido de Rumple, que a su vez tuvo más que palabras con Cora, la madre de Regina–. Como todo queda en casa, Emma, Snow y familia se alían con Hook para salvar a Henry de Peter Pan, al que parecen haber sodomizado convirtiéndole en villano de Nunca Jamás. Sal de frutas para el tiburón.

martes, 9 de abril de 2013

¿Quién disparó (otra vez) a JR?


Dallas es más venezolana que los venezolanos. Y hablo de la nueva Dallas, por si alguien aún ignora la existencia de la secuela que TNT estrenó el año pasado, con las estrellas de la original y todo. Si hay alguna Maldita peluquera en la televisión actual ésas son Julie Gonzalo y Jordana Brewster, a las que espero ver tirándose de los pelos en la próxima season finale. Lo cierto es que Dallas es mucho más culebrón que la paradigmática Revenge, que últimamente se debate entre una de espías –hay más cámaras y contraseñas que en un 007– o una película porno de los 90, y si no acordaos de la fiesta de disfraces de hace un par de semanas. Y más teniendo en cuenta que la de ABC, entre las caras de intensa de Emily VanCamp y las sonrisas imposibles de Madeleine Stowe, por no hablar de la ilógica natural de sus tramas, está empezando a explotar la burbuja del género. Si el macguffin culebronil no os convence, podemos ponernos serios y decir que Dallas es pura historia, y no es cosa mía, que hay libros de universidad al respecto.

Historia televisiva que os estáis perdiendo, sobre todo ahora que JR Ewing, uno de los villanos por excelencia de la pequeña pantalla que hasta mi madre conoce, acaba de morir en la serie. ¿Cómo? Blanco y en botella. Tiroteado. Larry Hagman, el actor que interpretó durante años a este personaje imprescindible, murió el pasado noviembre y puso a los resucitadores de la nueva Dallas en una tesitura complicada. Y de ella han sabido salir que ni el mismísimo Weiner. Después de una segunda temporada muy coherente, entretenida, en la que personajes y actores han acabado encontrando el tono adecuado, Dallas sorprendió con JR's Masterpiece, que espero ver dentro de unos meses en las listas de los mejores episodios de 2013. El equipo de Cynthia Cidre y David Jacobs, creador de la primera Dallas, armaron una línea argumental que, además de cuajar casi perfectamente en el desarrollo de los capítulos anteriores, supo legitimar al hermano malo de los Ewing ante la audiencia en una especie de sacrificio familiar.

JR's Masterpiece no es un capítulo imprescindible por su densidad dramática ni por su discurso sociocultural, pero sí por su importancia histórica –¡la muerte de JR, el disparo definitivo!–. No diré que Dallas es una serie excelente, ni siquiera pretendo que os animéis con el culebrón que es una fórmula para la que hay que tener paciencia, pero es incuestionable que Dallas fue puro caso de estudio televisivo. Estudio de la recepción de una ficción por parte de la audiencia –la primera soap-opera mainstream, de consumo masivo, que sobrevivió durante 13 años–, estudio sobre la creación y la popularización de un género. La nueva Dallas es una imprescindible en esta etapa televisiva 'vintage', cuando la resurrección del culebrón ha coincidido con la del terror y el thriller criminal. La serie de TNT no se lo ha montado nada mal a la hora de reunir generaciones –la de Jesse Metcalfe y Josh Henderson y la de Patrick Duffy y Larry Hagman– en su reimaginación del género. No podía faltar en esta Edad de Platino del culebrón.