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miércoles, 15 de mayo de 2013

El salto del tiburón


SPOILERS de la segunda temporada de Revenge y Once Upon a Time

Debe de estar el pobre animal atragantadísimo con las noches de domingo de ABC, sobre todo después de las season finale que se han marcado esta semana Revenge y Once Upon a Time. A ellas nos enfrentamos entre el estupor y el horror de no haber visto temporadas tan malas en mucho tiempo, el hype ante un último tramo algo más movidito y la vergüenza de seguir viéndolas, pero estaba claro que iban a tirar de trampa para dejarnos con ganas de más. Como si fuera un salto del tiburón de los de toda la vida, esos giros que usan las ficciones cuando las audiencias no las acompañan, y en este caso particular, cuando los pocos expertos que las apoyaban han tirado también la toalla, para ganarse otra oportunidad aun sacrificando coherencia. Como de eso ya andaban cortas la maniobra tenía que surtir efecto sí o sí. Más en el caso de Revenge; la serie de Mike Kelley –¿qué será de ella tras la marcha de su creador, por mucha supervisión que nos quieran vender?– se despidió con una finale de dos horas a lo blockbuster: tras apagones y explosiones en pleno Manhattan, remató con la muerte de Declan y la confesión de Amanda. El viaje a Neverland en Once Upon a Time, sin embargo, ha patinado más que su compañera en lógica y también en cliffhanger.

Desde su debut en la parrilla de ABC en septiembre y octubre de 2011, desde fórmulas muy dispares también, lo de Revenge y Once Upon a Time han sido curiosamente vidas paralelas: ambas aligeraron la pequeña pantalla con formatos más frescos (una lideró la legitimación del culebrón de la nueva era, otra renovó el fantástico con guiños a Perdidos), sobrevivieron como los mejores estrenos de network y sorprendieron con finales modélicas tras algunos tropiezos en su primera temporada. Tropiezos que, por desgracia, han sido la tónica general para las dos en la segunda entrega; no se sabe bien si por no haber estudiado bien sus reglas o por haberlo hecho demasiado al dedillo. Si sus temporadas iniciales tuvieron buen ojo para definir la dirección de la serie y los personajes, las últimas han padecido todo lo contrario. Revenge volvió a emplear el juego temporal para mostrarnos el barco de Jack en el fondo del océano así como en el capítulo piloto nos sugirió la muerte de Daniel; sin embargo, la tensión climática ha brillado por su ausencia en el resto de episodios. Otro suspenso para Once Upon a Time, que comenzó a pelo y se ha debatido de forma cutre y aburridísima entre el regreso a Storybrooke, la dimensión real y en los últimos capítulos Nunca Jamás. 

La misma tontuna y sinsentido para los personajes, tanto los protagonistas como los nuevos secundarios. ¿Cuál de entre todas las puñaladas traperas que acumula Amanda Clarke es la importante, que me pierdo? ¿A quién quiere, a Jack, a Aiden o a Daniel? ¿Por qué Emma y Snow se han convertido en los personajes más maniqueos y estúpidos de la televisión? Otro tanto con los alivios de casting; que alguien me diga para qué han servido Aiden Mathis, Padma Lahiri o el medio hermano negro en Revenge. Mención aparte merece la tramposísima treta de la madre de Amanda, el gran cliffhanger de la primera temporada que prometía tramas infinitas para los nuevos capítulos; a Jennifer Jason Leigh, que podría haber dado muchísimo juego (confío en que volverá para arrastrar de los pelos a Victoria Grayson por los Hampton), la finiquitan de manera triste en dos episodios. Once Upon a Time parecía haber tenido más suerte con Cora y Hook como simpáticos villanos de remplazo hasta que llegaron Greg y Tamara del mundo real, que dan risa a los esbirros de Cruella de Vil. Por no hablar del reparto vergonzoso que gasta, desde Jared Gilmore, el niño protagonista, al logopeda urgente de Emilie de Ravin, que pierde funciones motoras capítulo a capítulo.

Con este panorama para echarse a llorar cualquiera se anima a ver una season finale, si acaso por el placer de cerrar temporada y poder arrancarse los ojos con los deberes hechos. Aún así, nosotros, animales televisivos, ya sabíamos que Revenge y Once Upon a Time son series de final de temporada, y hay que tener mucha fuerza de voluntad para no volver, al menos, a los brazos de Amanda Clarke. Revenge deja las puertas abiertas a nuevas venganzas –la de Nolan, a quien le han colocado el muerto de la Iniciativa; la de Jack contra Conrad Grayson, que se ha cargado a Declan en una cruel estrategia para destruir las pruebas que le implican en la muerte de la falsa Amanda– y otros giros whatthefuckeantes –el embarazo de Charlotte, el hijo desaparecido de Victoria y la confesión de Amanda a Jack en el último segundo–. Quien no nos la da con queso es Once Upon a Time, que nos ha dejado tan abrumados como horrorizados ante los parentescos de Storybrooke, que es más culebrón que Revenge –Henry es hijo de Baelfire, el hijo perdido de Rumple, que a su vez tuvo más que palabras con Cora, la madre de Regina–. Como todo queda en casa, Emma, Snow y familia se alían con Hook para salvar a Henry de Peter Pan, al que parecen haber sodomizado convirtiéndole en villano de Nunca Jamás. Sal de frutas para el tiburón.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Al principio fue Lost

SPOILERS de la season finale de Once upon a time

Que digan que tu serie es la nueva Lost es una gran putada. No sólo por la posibilidad de defraudar expectativas generadas, sino por el propio hecho de la comparación. Y más cuando hablamos de una serie, la más mediática de la última década, que no dio puntada sin hilo, pero se dejó el pespunte abierto (para que luego digan que The Killing no ha resuelto el asesinato de Rossie Larsen en la primera temporada). Sin embargo, a la mayoría se nos siguen poniendo los pelos de punta cada vez que inútilmente reconocemos algo de aquélla en sus hermanas catódicas contemporáneas, porque si por algo ha pasado a la historia el primer blockbuster televisivo de J. J. Abrams es por haber practicado el arte de la intriga como ninguna. Después de las tangenciales coincidencias temáticas entre la veterana y Fringe, los batacazos de Flashforward, The Event y Alcatraz, y el fugaz parecido subconsciente de Awake, la última temporada televisiva nos ha presentado a la prima más cercana de Lost, que para algo comparte guionistas consanguíneos con ésta: Once upon a time.


Y aunque algunos se queden un poco ni fú ni fá ante la idea de que Jack Sephard y Emma Swan puedan ser hermanos de ABC, lo cierto es que resulta curioso descubrir el reflejo de Lost en una ficción tan aparentemente lejana a las coordenadas de ésta. Tan sintomático como percibir el diálogo sobre el mal que se establece entre Twin Peaks y The Killing a lo largo de dos décadas (más allá de las particularidades argumentales), o entre Los Soprano y Breaking Bad. No es nada nuevo hablar de la influencia genérica de J. J. Abrams, sobre todo en una época en que el juego temporal y el discurso sobre la identidad están a la orden del día, pero sí es para quitarse el sombrero ante una serie que, sobre la base de cuentos aparentemente infantiles, es capaz de hablar de la responsabilidad y la resignación a la infelicidad a la manera de Lost. Los responsables: Adam Horowitz y Edward Kitsis, guionistas de aquélla, que se han mudado a Storybrooke con el humo negro y la miga narrativa de los perdidos en la maleta.

Porque entre cuento y cuento, Once upon a time muestra que tiene muy mala leche para repartir entre Blancanieves, Cenicienta, Caperucita y otras roomies de la cabaña del bosque. Más allá de su macguffin familiar y ciertamente infantil, los mejores momentos de la serie son aquellos en que se trata el nacimiento del mal y la corrupción del poder. Once upon a time es mucho menos ñoña de lo que puede parecer: Emma quiere ser la salvadora de Storybrooke tanto como Jack el de la isla; Regina tiene poco que envidiar al humo negro de Lost (de hecho, ella tiene el suyo propio para impedir que cualquiera se escape a lo happy ending); y Rumplestilskin se reveló como el manipulador artífice de este nuevo juego dimensional tras dar un golpe de Estado con el que dominar la realidad a golpe de varita. La serie retoma una construcción de personajes sobresaliente a través de la efectividad narrativa en la que Abrams sentó cátedra, y un discurso interesantísimo sobre los grises entre el bien y el mal. Andersen y los Grimm tienen que estar muriéndose de envidia.