Los zombis de la AMC no levantan cabeza. Es cierto que los de The Walking Dead también han tenido que sufrir los recortes por parte de los directivos del cable, al igual que les pasó a otras de las mejores ficciones de la cadena como Mad Men o Breaking Bad; sin embargo, el proyecto emprendido por Darabont ya chirriaba mucho antes del atraco a mano armada perpetrado por los ejecutivos. El cambio de guionistas a finales de 2010, la espantada del creador y ciertas decisiones incomprensibles de programación (primero seis capítulos, luego una premiere de una hora, meses después el resto de la temporada) no han hecho más que agravar un problema que la serie parece traer de fábrica: concepto y personajes. Y eso que el regreso de The Walking Dead dice todo lo contrario; la AMC se metió el domingo en el bolsillo con más de 7,3 millones de espectadores y una mejora respecto a la primera temporada. El proyecto conquistó en su pretensión de cultivar un género terrorífico muy potente y actual; sin embargo, es innegable que los walkers siempre se han arrastrado a medio gas. Aún así, Glen Mazzara puede darse con un canto en los dientes, pues la premiere ha conseguido el respaldo de la audiencia haciendo honor a los mejores momentos de la primera temporada. El productor que ha pillado la silla de Darabont retoma la serie cuando los protagonistas abandonan definitivamente la ciudad de Atlanta hacia la base de Fort Benning; las primeras escenas, en que el grupo liderado por Rick es arrinconado por los zombis en una carretera comarcal, recuperan la tensión de los primeros capítulos y hacen olvidar algunos momentos de lo más what the fuck (el que distinga entre carne de marmota y carne de niña en el intestino de un zombi que levante la mano). Pero no sólo de entretenimiento viven los Grimes… Es el momento en que el guión se mete en harina de personajes cuando más notamos los pespuntes del producto; los problemas familiares se reducen a la pataleta de un niño; los de fe, hablando con la figura de un Cristo; y los de desesperanza, prohibiendo el suicidio. La originalidad de The Walking Dead termina en el maquillaje y las bocas abiertas, y la sutilidad brilla por su ausencia.
Y es que es injusto que The Walking Dead hubiera ganado el premio al blockbuster de calidad mucho antes de su estreno. AMC, nueva creadora a lo HBO, y Darabont, curtido en pequeñas películas de grandes guiones, otorgaron al proyecto un crédito que han deslegitimado sus seis primeros capítulos. ¿Es The Walking Dead tan superficial en el retrato de protagonistas y en su discurso sobre la fe y la esperanza por su adhesión al cómic? Y ya que muchos críticos defienden que la versión audiovisual se diferenciara de la novela gráfica y profundizara en su vertiente de personajes, ¿por qué la serie no se desmarcó también en líneas de continuidad que habrían dado mucha vidilla, como retrasar el encuentro entre Rick y su familia, contar algo más de Morgan y su hijo, plantear un enemigo humano en aquel que abandonaron en el tejado, o indagar en las causas y situaciones del contagio? Conscientes ya de que The Walking Dead ha puesto tierra de por medio respecto de lo que muchos esperábamos de Darabont (una La carretera o una La niebla televisiva), la ficción debería abandonar las pretensiones y apostar por el entretenimiento. Mejor eso, con diferencia, que quedarse a medio camino.


