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miércoles, 23 de mayo de 2012

Al principio fue Lost

SPOILERS de la season finale de Once upon a time

Que digan que tu serie es la nueva Lost es una gran putada. No sólo por la posibilidad de defraudar expectativas generadas, sino por el propio hecho de la comparación. Y más cuando hablamos de una serie, la más mediática de la última década, que no dio puntada sin hilo, pero se dejó el pespunte abierto (para que luego digan que The Killing no ha resuelto el asesinato de Rossie Larsen en la primera temporada). Sin embargo, a la mayoría se nos siguen poniendo los pelos de punta cada vez que inútilmente reconocemos algo de aquélla en sus hermanas catódicas contemporáneas, porque si por algo ha pasado a la historia el primer blockbuster televisivo de J. J. Abrams es por haber practicado el arte de la intriga como ninguna. Después de las tangenciales coincidencias temáticas entre la veterana y Fringe, los batacazos de Flashforward, The Event y Alcatraz, y el fugaz parecido subconsciente de Awake, la última temporada televisiva nos ha presentado a la prima más cercana de Lost, que para algo comparte guionistas consanguíneos con ésta: Once upon a time.


Y aunque algunos se queden un poco ni fú ni fá ante la idea de que Jack Sephard y Emma Swan puedan ser hermanos de ABC, lo cierto es que resulta curioso descubrir el reflejo de Lost en una ficción tan aparentemente lejana a las coordenadas de ésta. Tan sintomático como percibir el diálogo sobre el mal que se establece entre Twin Peaks y The Killing a lo largo de dos décadas (más allá de las particularidades argumentales), o entre Los Soprano y Breaking Bad. No es nada nuevo hablar de la influencia genérica de J. J. Abrams, sobre todo en una época en que el juego temporal y el discurso sobre la identidad están a la orden del día, pero sí es para quitarse el sombrero ante una serie que, sobre la base de cuentos aparentemente infantiles, es capaz de hablar de la responsabilidad y la resignación a la infelicidad a la manera de Lost. Los responsables: Adam Horowitz y Edward Kitsis, guionistas de aquélla, que se han mudado a Storybrooke con el humo negro y la miga narrativa de los perdidos en la maleta.

Porque entre cuento y cuento, Once upon a time muestra que tiene muy mala leche para repartir entre Blancanieves, Cenicienta, Caperucita y otras roomies de la cabaña del bosque. Más allá de su macguffin familiar y ciertamente infantil, los mejores momentos de la serie son aquellos en que se trata el nacimiento del mal y la corrupción del poder. Once upon a time es mucho menos ñoña de lo que puede parecer: Emma quiere ser la salvadora de Storybrooke tanto como Jack el de la isla; Regina tiene poco que envidiar al humo negro de Lost (de hecho, ella tiene el suyo propio para impedir que cualquiera se escape a lo happy ending); y Rumplestilskin se reveló como el manipulador artífice de este nuevo juego dimensional tras dar un golpe de Estado con el que dominar la realidad a golpe de varita. La serie retoma una construcción de personajes sobresaliente a través de la efectividad narrativa en la que Abrams sentó cátedra, y un discurso interesantísimo sobre los grises entre el bien y el mal. Andersen y los Grimm tienen que estar muriéndose de envidia.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Person of Interest; intrigas post 11-S

Con expectativas como la generada por Person of Interest, ver la tele cada vez se parece más a ir al cine. A la espera de los presuntos taquillazos televisivos de Terra Nova y Alcatraz, el proyecto de J. J. Abrams es el primer blockbuster catódico en asomarse a la nueva temporada. Y con semejante respaldo, la CBS ha tirado la casa por la ventana… Como para ganar premios y ponerse a la altura de las privadas ya tiene The Good Wife, la network se ha rascado el bolsillo y, por lo que parece, tiene confianza en recoger la pasta que ha sembrado para la ocasión; Person of Interest se enfrentará a huesos como Bones, The Office o Anatomía de Grey en el prime time de los jueves a partir de hoy. Y la verdad es que no se sabe muy bien por dónde va a salir el invento… Con Minority Report, Flashforward y un poco de Rubicon como ingredientes televisivos básicos, Person of Interest es una bomba de relojería.

Lo cierto es que con Jonathan Nolan (El Caballero Oscuro) al guión y Michael Emerson (Perdidos) y Jim Caviezel (La pasión de Cristo) delante de las cámaras, la CBS tiene la mitad del camino hecho en cuanto a audiencia se refiere. Conscientes de la ventaja, el piloto de Person of Interest se olvida de contexto y personajes y se mete en harina desde el primer minuto; John Reese, militar retirado y de incógnito, es contratado por Finch, antiguo empleado del gobierno, para salvar a posibles víctimas de asesinato a partir de su número de la seguridad social. Desde este punto la serie prioriza la acción, deja a los protagonistas para después (la historia oculta tras Finch es interesante, pero Reese resulta ciertamente plano) y se reserva estrategias poco sutiles por si en un futuro le interesa retomar líneas de continuidad (los flashbacks sobre la mujer de Reese, ñoños y manidos). Y es que si hacemos caso del primer capítulo, Person of Interest es un procedimental de intriga muy episódico, sencillo y entretenido por el momento. Ni más ni menos.


Lo curioso es que, aunque probablemente ni lo sepa, Person of Interest es un ejemplar paradigmático respecto a la ficción post 11-S. Podemos decir que Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca o Battlestar Galactica (y si nos ponemos pejigueros, todas las series norteamericanas) son parte del discurso político-social sobre la era del terror en Estados Unidos, pero es cierto que la nueva serie de la CBS no puede negar pertenecer al género particular nacido directamente de los atentados. Al igual que el cine vivió la regresión a ciertas temáticas sobre la conspiración global y la paranoia preventiva (la misma Minority Report, la trilogía Bourne, etc.), productos televisivos como Flashforward, Rubicon o Person of Interest (estas dos últimas con la presencia constante del skyline indefenso del Manhattan económico) profundizan en el miedo colectivo y las estrategias abusivas de defensa. ¿Parece que no hay mucho más que rascar en Person of Interest? Pues acordaos de Fringe.

martes, 14 de junio de 2011

La hora del 'showrunner'

Lo de que J. J. Abrams es el nuevo Spielberg está muy trillado, pero a mí me sigue dando mucho que pensar. Y no porque vaya a devanarme los sesos en extraer similitudes entre el trabajo de uno y otro, sino porque entiendo que el hecho de que el creador de una serie pueda ser comparado con un director de cine consagrado hace décadas es uno de los síntomas ineludibles para tomar el pulso a la ficción televisiva actual. Sólo los minímamente puestos en el tema saben sobre la influencia de nombres como Steven Bochco o Aaron Spelling en la tele que vemos hoy día, pero ahora cualquiera puede hablar de los nuevos proyectos del pensador de Lost o de los cabreos de Frank Darabont en la producción de la segunda temporada de The Walking Dead.

Y esto sólo es la punta del iceberg… La venta de series como Treme o True Blood habría sido mucho más complicada si no tuvieran como magos de Oz a David Simon, curtido en The Wire, y Alan Ball, creador de A dos metros bajo tierra… Y no me refiero a las networks, que en su mayoría están interesadas en la pasta que pueda dar el producto, sino también a los espectadores, que cada vez confían más en el sello de calidad detrás de estos nombres. Proyectos actuales como el documental Showrunners o las mesas redondas de productores ejecutivos mirando hacia los Emmy organizadas por The Hollywood Reporter se encargan de poner cara a las personas que mantienen la línea creativa de las series que constituyen nuestro vicio.

Y nosotros nos declaramos totalmente en deuda con ellos… Esta tendencia de los medios nos ha permitido ajustar cuentas con los desconocidos responsables de las ficciones que amamos; hoy sabemos que Shawn Ryan es el productor de ficción de género policiaco más solicitado en la actualidad gracias a The Shield, y Matthew Weiner se nos ha metido en el bolsillo tras saber que se ha dejado las uñas para sacar adelante la quinta temporada de Mad Men… Pero a veces la publicidad puede ser engañosa. Por algo se dice eso de que no es oro todo lo que reluce, pues en la tele, al igual que en el cine, el producto final depende del trabajo de un numeroso equipo creativo. 


Y es que no siempre es el mismo el que guisa y el que se lo come... Puede que nos cautive el saber que un productor como J. J. Abrams pueda estar detrás de dos series geniales como Lost y Fringe, pero al César lo que es del César… Es innegable que ambas tienen puntos argumentales en común, pero un desarrollo totalmente dispar; de los guionistas Lindelof y Cuse dependen las críticas hacia la primera, y de Brad Kane y Monica Breen la alabada season finale de la segunda. De la misma manera podemos hablar de Robert y Michelle King, escritores catódicos responsables del éxito de The Good Wife, producida por los hermanos Scott… ¿Para cuándo los quince minutos del guionista?

domingo, 8 de mayo de 2011

Fringe es del 'sentimental type'

SPOILERS de la tercera temporada de Fringe

Todo seriéfilo que se precie debe tener a Fringe en lo alto de su top five, y a Olivia Dunham en su corazón, por supuesto. La tercera temporada de Fringe ha consagrado la serie de J. J. Abrams como una de las imprescindibles del panorama televisivo actual, y para los seguidores de la división más weird del FBI, una de las mejores de la década. Es innegable que la última season de Fringe ha sido la puesta de largo de la que muchos califican como la nueva Star Trek. Hasta los más entregados a Olivia, Peter, Walter y Astrid (y a sus homólogos over there) deben reconocer sus reservas en los inicios de la serie, hacia un género, el de la ciencia-ficción, siempre sometido al juicio de los incondicionales (desde el principio Fringe tuvo el sambenito de ser la versión 2000 de Expediente X), y desagradecido para el espectador más incrédulo. Sin embargo, el que la producción de la Fox se tomara su tiempo en pedirnos la mano, tras un piloto de los largos (uno de los más caros de la historia) y tres temporada de 23 capítulos, es hoy la gran virtud de la serie. Y es que a estas alturas de la película queda claro que amar a Fringe no es cosa de una noche.


Una de las mejores cosas que ha podido pasarle a Olivia y compañía es que Walternate nos haya declarado la guerra; aunque esta tercera temporada ha sido un ejemplo magistral de cómo una serie puede generar tensión dramática y acción en cada capítulo (muchos nos quedamos sin uñas hasta que la Dunham buena se quitó el tinte pelirrojo - por no hablar de la renovación -), hemos descubierto que los de Fringe son del sentimental type. Y eso es porque la ciencia-ficción habla más del presente, de nosotros mismos, que de las batallas del futuro, aunque lo haga a través de ellas; lo que realmente nos ha ganado de Fringe han sido sus personajes y sus relaciones, su lado emocional, que a más de uno nos ha dejado con el nudo en la garganta. Porque al final, como dice la profecía de Sam Weiss, el destino de la humanidad depende del amor de Peter hacia una Olivia u otra. Hay que reconocer que el desarrollo de la última temporada no tiene nada que envidiar a cualquier melodrama de Sirk o tragedia de Shakespeare.

Desde la decisión de Walter de sacrificar a su hijo para enmendar sus propios errores, hasta la revelación de Walternate como un malo no tan malo (¿se puede tener peor suerte? Te roban a tu hijo y encima tu mundo se hunde), pasando por el enchochamiento de Fauxlivia, con embarazo no deseado incluido. Eso sí, la gran protagonista de esta temporada ha sido Olivia. Aunque tuvimos ciertos problemas para entrar en ella durante dos temporadas (que no amarla), este personaje se ha revelado como uno de los más carismáticos de la pequeña pantalla (¡Emmy para Anna Torv ya!).

Por fin, para Olivia, todo cobra sentido; desde las habilidades derivadas de los experimentos que sufrió de niña, y que tantos quebraderos de cabeza le han dado, hasta la aceptación de que es la única capaz de remediar el jaleo inter-universal. Sin embargo, el proceso de Olivia ha sido sobre todo interior; tienes que reconocer tus más y tus menos (pasando por aceptar que tu enemiga es igual que tú, pero más sexy y más maja) para poder querer sin condiciones… y de paso salvar el mundo. Yo lo tengo claro: si me dan a elegir entre la Ofelia de Hamlet y la Olivia de Fringe, me quedo con Olivia.