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lunes, 29 de octubre de 2012

Mockingbird Lane; muertos antes de empezar

En una decisión whathefuckeante de NBC aprovechando que Halloween está a una calle de distancia, Mockingbird Lane vio la luz en la pequeña pantalla norteamericana el pasado viernes 26 de octubre. La finalmente fallida revisión de The Munsters se subió hace un año al carro de los revival catódicos con más o menos lógica y oportunidad; rescatar a Herman y Lily Munster 50 años después del éxito inicial y tras el desapercibidísimo reboot ochentero habría sido de los bastante absurdos si Bryan Fuller no apareciera en los créditos. El creador de Tan muertos como yo y la aclamada Pushing Daisies ha acabado consagrándose como un autor de culto en sus particularidades televisivo-burtonianas (yo te hago una comparación con dos de pipas), y el hecho de que se metiera en harina para la NBC concedió al proyecto la esperanza de un adaptación entrañable y una original puesta en forma, que ya es mucho pedir para los remakes actuales. Nuestro gozo de Munsters a lo Fuller, en un pozo.


Los constantes cambios de guión han llevado a la cadena a suspender el proyecto tras ver el piloto, aunque sí se ha animado a emitir el resultado final. Lo que en un primer momento pudo parecer un vacile de la NBC a los seguidores de Mockingbird Lane, título que finalmente recibió la ficción, ha acabado siendo una maniobra no tan descabellada pero poco efectiva. NBC ha dado una vuelta a la lógica de guardar en el cajón los pilotos rechazados aun a riesgo de dos peligrosos supuestos: que la serie fuera un éxito y dejara a los ejecutivos como nefastos programadores, o que fuera una humillación para los responsables ante la crítica especializada. Aun así, los del pavo real prefirieron satisfacer a los incondicionales de Fuller con el piloto de Mockingbird Lane como premio de consolación, hacer alarde de presupuesto, que para algo le ha salido por un pico, y además tantear a la audiencia de cara a una posible resucitación del proyecto en un futuro no muy lejano. Cosas más raras se han visto en esta casa.

Y al final, ni una cosa ni la otra. Mockingbird Lane se estrenó sin demasiado éxito pero sin cifras indecentes; eso sí, se le han acabado viendo las costuras al invento. Los nuevos Munster profundizan en la trayectoria de los veteranos, en la llegada de Herman (Jerry O’Connell), Lily (Portia de Rossi) y compañía a Mockingbird Heights, y retoman el espíritu de comedia familiar de la original. Fuller se atreve también con el que parece uno de los discursos de la temporada: la normalización de los hogares rarunos con eso del "You are a Munster, not a monster". El piloto se centra en la relación del pequeño Eddie, que es poco consciente de lo especial de sus progenitores y nada de su propia condición de hombre lobo, con sus mayores; una trama entrañable en un capítulo entretenido para la vista pero ciertamente simplón considering además que no va a poder crecer en temporada. Algo que ya es un gran  mérito para un proyecto que estaba, como los Munster, muerto antes de empezar. 

viernes, 7 de octubre de 2011

Gran Hotel, otra historia sobre ficción española

En televisión está a la orden del día eso de tener buenas ideas y no saber o no poder explotarlas de la manera correcta; nos hacemos cargo de que es imposible controlar todos los factores que intervienen en este tipo de proyectos. Pero lo de la ficción catódica española es de campeonato: es experta en hacer series chapuceras incluso teniendo tan a mano los referentes en que claramente se inspira. Porque lo de que Gran Hotel es la Downton Abbey cañí no lo digo yo… La serie de Bambú para Antena 3 se enorgullece de ser una adaptación castiza de la británica acerca de las vicisitudes sociales allá por 1900, y sólo hay que echarle un vistazo al primer capítulo para darse cuenta. Hasta ahí la buena idea. Como ya se habló a partir de The Playboy Club, el de Gran Hotel es un problema de figura y fondo; sabe explotar las formas del género al que reverencia, pero no tiene un discurso que articular a través de ellas. Gran Hotel no tiene alma.


Y eso que ya les gustaría a muchas poder decir que son primas lejanas de Downton Abbey. Es uno de los primeros casos en que no se demoniza a una ficción por inspirarse en otra; ya no sólo por el éxito internacional incontestable de la primera, sino por su afán en actualizar las formas del melodrama de época, denostado en la televisión de los últimos años y que podría tener mucho que decir en España. De hecho, los mejores momentos de Gran Hotel son aquellos en los que se dejan entrever tales fórmulas: el encuentro de los protagonistas en la estación (el tratamiento temporal de esta escena recuerda a Downton Abbey); el montaje paralelo entre los vagones de primera y tercera clase; las referencias a lo epistolar en la relación entre Julio y su hermana; la desaparición misteriosa de ésta. Los primeros diez minutos demuestran que Gran Hotel podría ser digna sucesora del género al que homenajea conscientemente; los problemas, como en toda ficción española, vienen después, y provienen de mucho más arriba.

Ser tan perfecta en producción y mucho más correcta de lo esperado en guión y dirección como Gran Hotel (bravo al equipo de Bambú; Ramón Campos, Carlos Sedes y compañía) no es suficiente cuando lo que necesita nuestra industria es una revolución en programming y scheduling, como bien dicen los americanos. Los defectos de la nueva de Antena 3 sobresalen cuando la duración de la ficción para su acomodo en parrilla (scheduling) agota sus virtudes hasta el extremo y deja en bragas el artificio, pues no sólo hace falta un género, sino algo que contar a través de él (programming), y el discurso de Gran Hotel no da para tanto. Estas estrategias claramente fallidas convierten la serie en una desalmada y mecánica acumulación de diálogos rancios sobre familias desheredadas, mujeres independientes y relaciones a lo Titanic, que demuestran además lo limitado del star-system juvenil, empleado únicamente para llamar audiencias. Gran Hotel es otra historia más sobre la ficción española; lo que pudo ser y no fue.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Manual de los perfectos 60

The Playboy Club es a Mad Men lo que James Cameron a una de Ford y, si me apuráis, lo mismo que Super 8 a E.T. Y sí, ya sé que Mad Men no ha inventado la ficción en los sesenta, pero es innegable que la de Weiner ha conseguido extraer lo más conflictivo de aquella época para hacernos pensar sobre la nuestra. Los chicos de la avenida Madison, además de ayudarnos a recuperar el tweed y las faldas de vuelo, quieren hablarnos de lo complicado que es querer ser moderno y tener en casa a tu mujer y dos niños (eso que los melodramáticos llaman conflicto entre razón y deseo); las conejitas de The Playboy Club se quedan a mitad de discurso.

Como Santos Zunzunegui hablaba a partir del Avatar de Cameron y el Fort Apache de John Ford, el de la nueva serie de la NBC es un problema de figura y fondo: unos usan las formas del relato para despistar respecto a lo que realmente cuentan (véase Mad Men y la de Ford), y otros copian las fórmulas para que parezca que dicen algo (las bunnies de Heffner y Cameron). Si creéis que el contexto sixties puede permitiros acceder a un conocimiento superior, ésta no es vuestra serie; pero si lo que os interesa es renovar el fondo de armario o tomar ideas en decoración de interior, The Playboy Club es el manual de los perfectos 60:


Historias bigger than life. Dícese de aquellas tramas heredadas del cine clásico a lo sueño americano con olor a maniqueo que tira pa’tras. Es más o menos lo que pretende decirnos la voz que pretende ser la de Hugh Hefner al final del primer capítulo por si no nos había quedado claro (la sutilidad en The Playboy Club brilla por su ausencia): el Chicago de los 60 es un sitio jodido, pero en la mansión Playboy puedes ser quien quieras ser (y por lo visto, también pretende hacernos creer que ser conejita es guay). Es la historia de Maureen (Amber Heard) y Carol-Lynne (Laura Benanti), que se calzaron las orejitas para prosperar en el mundo del espectáculo, y la de Nick Dalton (Eddie Cibrian), honrado opositor a fiscal que carga con problemas de autoestima tras haber trabajado para la mafia solventado a golpe de bragueta. Copia descarada de Don Draper, vamos.


Solidaridad histórica. A The Playboy Club le encanta ponerse del lado de los desfavorecidos… Pero que se sepa, eso sí. Por si alguno tenía dudas respecto a que ser mujer, negro y homosexual estaba muy mal visto por entonces, la NBC mata moscas a cañonazos. Es el caso de Dalton, al que no le importa que le miren mal por reinvindicar la causa racial; Carol-Lynne, que quiere defender la ambición laboral femenina a base de ser una cerda con sus compañeras; o el del marido de Kate, que organiza reuniones de apoyo a los homosexuales en su casa después de ponerle los cuernos a su mujer con otro chico. Donde Mad Men sugiere, The Playboy Club subraya, y ya en el piloto, no vaya a ser que la cancelación le impida explayarse.


Hiperrealismo sixties. En The Playboy Club habrá mucho mafioso, pero también unos áticos de escándalo. Y es que no hay quien se crea que el Chicago de la época era tan aséptico… La serie potencia una ambientación tan perfecta y elegante que da grima en lo que parece una vocación de hiperrealismo de lo que estos chicos han oído que se llevaba en los 60. Un hiperrealismo alejado del de Roma o Spartacus y más cerca de una peli porno con contexto histórico. Canta su excesiva preocupación por la apariencia; dicho de otra manera, y sin connotaciones guarrunas (de hecho, sexo hay más bien poco, lo que es más increíble aún), The Playboy Club es pura pornografía de lo sixties.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La imposibilidad del relato televisivo

En la escena inicial de The Killing, la inspectora Sarah Linden, en su carrera matinal, encuentra el cadáver de un animal a orillas del lago. Blanco y en botella. Y es que aunque la primera parte del piloto se empeñe en hacernos creer que Rosie Larsen puede estar viva, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la chica está muerta desde el primer minuto. Las promos previas al estreno, en abril el de la AMC y anoche en Fox Crime, muestran el cuerpo muerto de Rosie mientras es amortajada; y el título de la serie es un tanto significativo (modo irónico on). El descubrimiento matutino de Linden es una broma macabra de The Killing, y no porque sea un drama más cruel o menos honesto que otros, ojo, sino porque al thriller de la AMC le encanta jugar con las expectativas. The Killing tiene un enorme respeto por los personajes, la niña entre ellos, y esto no le prohíbe ser fascinantemente tramposa.

El cadáver de Laura Palmer fue encontrado en los primeros planos de Twin Peaks. Y no lo digo porque la de David Lynch sea menos cruel o más honesta (en absoluto), sino por mencionar sólo una de las miles diferencias entre ésta y The Killing. Porque series en las que el desencadenante es un asesinato no hay sólo dos, y los que hayan podido ver ambas ficciones sabrán que Twin Peaks y The Killing se separan en el momento en que la primera se convierte en un relato oscurísimo y perturbador sobre el mal escondido tras lo cotidiano, y la segunda gana enteros como un drama sobre la descomposición de la realidad actual y su conversión en narrativa televisiva. Bien pensado, pueden funcionar como homólogas en la distancia, una como reflejo contemporáneo de la otra si acaso.

Me la jugaré hablando de The Killing como una versión televisiva nada gratuita de Zodiac. Esa primera escena, además de un guiño muy negro a las expectativas de un primer capítulo, es toda una declaración de intenciones; la muerte de Rosie es el catalizador de la destrucción de los Larsen, de Sarah Linden y Darren Richmond, por mencionar sólo los damnificados principales. El nuevo caso les conducirá de lo diario a una sucesión más caprichosa que caótica de móviles criminales y sospechosos. ¿Y si nos planteáramos que lo que parece un desarrollo incoherente y mentiroso sobre la muerte de la chica y sus consecuencias es un ensayo sobre la incapacidad de entender crímenes tan atroces como el de Rosie y la imposibilidad de plasmarlo en un relato televisivo? Yo apuesto por la vertiente Fincher de The Killing; es tan inexplicable y real como el brutal asesinato de una niña de 17 años.

viernes, 10 de junio de 2011

La ilógica del 'remake'

Teen Wolf tiene más bien poco de hombres lobo. Y eso que la nueva serie de la MTV no tiene demasiado que envidiar al resto de series del target teenager-juvenil que se emiten actualmente, y si no un vistazo a la CW. Los dos primeros capítulos de Teen Wolf son ciertamente entretenidos, modestos e intentan sortear los tópicos más manidos por la ficción adolescente, con más o menos suerte, pero sin pasarse de listos… El problema es que, sabiendo de antemano que Tyler Posey va a marcar mucho pectoral pero va a aportar poquito a la figura del hombre lobo… ¿para qué usurpar otro mito cinematográfico-catódico? Y es que yo me intereso mucho por la contaminación de la cultura televisiva… preocupantemente desde que a Telecinco le ha dado por remakear Damages y Cheers.

Y mucho más si nos referimos a un mito tan devaluado como el de los hombres lobo. Siempre por detrás de los vampiros en refinamiento y follabilidad, lo único que le falta al licántropo es ser el capitán de lacrosse del instituto para perder toda reputación monstruosa. Y es que, aunque no lo parezca y a los de la MTV no les importe, esto de ser hombre lobo tiene una interesante carga cultural-romántica detrás; se dice que muestra la cara B de la represión de los instintos humanos en la sociedad moderna. Pero en Teen Wolf no hay nada de eso… y lo malo es que tampoco lo pretende. El prota de la serie podría haber sido bombero, travesti o incluso inmigrante, que también está muy mal visto últimamente en los institutos, y se habrían ahorrado el dinero de los efectos especiales.

Y vale que el homólogo ochentero de Teen Wolf tampoco contara nada nuevo, pero Michael J. Fox se burlaba del hombre lobo, y ya se sabe que los tópicos tomados a risa sientan mucho mejor. Cualquier asomo de conflicto identitario en la nueva versión es superado en el primer capítulo; lo que importa después es ganar el partido y no llegar tarde a la cita con tu novia. Y es que la densidad social de una serie, la coartada para que True Blood pueda remakear un mito romántico porque le permite hablar de las drogas y el racismo y Battlestar Galactica haga otro tanto con una serie de los 70 consagrándose como un microrrelato sobre la humanidad; lo que hace que una ficción sea grande pese a su vampirización de la cultura, o precisamente por ello, es lo que le falta a Teen Wolf. La cuestión es que Teen Wolf tampoco quiere ser una gran serie.

miércoles, 8 de junio de 2011

Razones por las que se me atraganta Love Bites

Love Bites ha comenzado con muy mal pie... Y no me refiero al estreno, ni tampoco al momento en que a alguien se le ocurrió la idea de producirla (soy tan dañino, pero no tanto)... Lo cierto es que la nueva comedia de la NBC ha tardado más de un año en llegar a las pantallas, desde las upfronts del año pasado. Debido al embarazo de Becki Newton y el abandono de la actriz Jordana Spiro, ambas protagonistas de la serie, y a la apretada agenda personal de la productora Cindy Chupack (Sexo en Nueva York), la llegada a pantallas no se ha producido hasta el pasado 2 de junio, con unas cifras de audiencia bastante decepcionantes… Y es que parece que nadie da un duro por Love Bites. Y con razón(es)…

1. Mis tweets sobre el piloto de la serie

Love Bites 01x01 Dios, y todavía quedan tres cuartos de hora por delante...
Love Bites 01x01 En serio, ¿todavía quedan 35 minutos para que acabe?
Love Bites 01x01 ¿Hola? ¿Quedan 25 minutos?
Love Bites 01x01 Guay, ya sólo quedan 10 minutos...
2. Becki Newton y compañía

Love Bites es sinceramente encomiable en su intento de refrescar los estereotipos de la comedia romántica, no sólo televisiva, sino también en ciertas referencias televisivas muy positivas…. Pero no lo consigue. El primer obstáculo: los personajes protagonistas. Becki Newton (Betty), principal atractivo promocional de la serie, pretende ser tierna y afable, pero no cuaja en su papel ni de lejos, y su amiga es directamente insoportable. Lo mejor: Greg Grunberg, que se nos presenta como un gañán pero acaba resultando muy simpático. Lo más mejor: Jennifer Love Hewitt en su cameo… que yo también tengo mis momentos teen, ¿vale?

3. El rollo babel-amoroso

Uno de los elementos originales de la serie es la combinación de diferentes relatos de amor. Esta estrategia de Love Bites, muy de moda en el cine de hace unos años, parece querer transgredir la estructura de la comedia a través del relato global o “generacional”. Pero nada más lejos de la realidad; además de que las tres historias están cargadas de clichés poco realistas acerca de las relaciones sentimentales y el sexo, es el espectador el que debe decir si una serie es representativa de algo, no el productor o guionista.
4. Música pop y cámara lenta 

Como es de esperar, Love Bites recurre a la planificación audiovisual empleada por el 90% de las series del target. Parece claro que la serie quiere innovar poco en este aspecto: desde el montaje rápido e irónico para aligerar el tono y otorgarle comicidad hasta las composiciones pop y slow motion en escenas especialmente intensas…, como besos y eso… Yo ya lo he visto muchas veces en Gossip Girl, y es la única disfrutable y simpática en tal bizarrismo. Teniendo a Black Lively, ¿para qué voy a ver a Becki?

5. Refranero popular televisivo

Es muy desesperanzador que a estas alturas del juego catódico los guiones televisivos rebosen tópicos mil veces criticados y que han llevado a la ruina a otras series. Situaciones un tanto absurdas y nada graciosas como la de la chica que se inventa que es virgen para ligar en una discoteca o la del novio que se informa sobre vibradores para satisfacer a su chica... Puede que Love Bites esté dirigida a un público adolescente-juvenil, pero… ¿de verdad pensáis que queremos más de lo mismo?

domingo, 24 de abril de 2011

Juego de Tronos para principiantes

Juego de Tronos ha sido el estreno televisivo más juzgado de la temporada. No me equivoco en eso. Y mucho menos al decir que también ha sido el más esperado, aunque eso es más comprensible teniendo en cuenta el bombardeo diario de sneak previews que hemos sufrido (algunos tomaréis el verbo sufrir en su acepción negativa, y otros en la positiva; en este punto tenéis libertad) y, sobre todo, la contribución de los fieles seguidores de la saga literaria a esta campaña publicitaria. Y es que para aquellos que no hemos leído ninguna de las novelas de George R. R. Martin que componen Canción de hielo y fuego (y para los que ni siquiera hemos visto uno de los miles de teasers colgados en la red), enfrentarnos al primer episodio de Juego de Tronos “a pelo” es todo un reto. Sin embargo, creo sinceramente que despojar al estreno de las expectativas generadas por los lectores es un punto a favor de la serie… O dicho de otra manera, creo que muchos lectores han debido de sentirse decepcionados porque, y aquí es donde puedo granjearme enemistades, el piloto de Juego de Tronos no es para tanto.


Desmontando falsos mitos, hay que decir que Juego de Tronos no es El Señor de los Anillos. Pese a estar ambientada en un mundo ficticio medieval (es innegable que la cabecera de imágenes animadas – una de las intros más bonitas y didácticas vista en mucho tiempo – tiene ese airecillo nostálgico de los mapas de situación incluidos en este tipo de novelas de fantasía), las diferencias entre las adaptaciones cinematográfico-televisivas de Tolkien y Martin son considerables. Y es en este punto donde Juego de Tronos se desmarca; sus ambientes de oscuridad (el comienzo es digno de una peli de terror), confabulación (el final es sobrecogedor) y sordidez (su suciedad es de lo mejor de la serie, aunque muchos desnudos “canten” por innecesarios) sitúan a Juego de Tronos más cerca de un peplum sangriento (la primera escena huele a Gladiator) o de la intriga palaciega (Elizabeth o Los Tudor) que del idealismo de las sagas fantásticas literarias.

En cuanto a la segunda leyenda urbana, Juego de Tronos no es Los Soprano, y tiene poquito de la HBO más clásica. Es posible que los lectores de Canción de hielo y fuego vean a los mafiosos de Nueva Jersey en Invernalia, pero lo visto hasta el momento no se acerca ni de lejos; si en próximos capítulos veo algo de Tony Soprano en cualquiera de sus personajes, la seguiré hasta el final. Juego de Tronos tampoco cumple con lo esperado de una serie de la HBO; cualquier piloto emitido por esta cadena en los últimos años (véase Treme, Boardwalk Empire, e incluso True Blood) tiene un desencadenante histórico o socio-cultural más significativo que esta nueva apuesta. Juego de tronos es pura ficción, puro entretenimiento. Y eso no es malo (de hecho, ha sido mucho más visto que los ejemplos anteriores), pero no está de más tener en cuenta que podría haber sido llevada a la pequeña gran pantalla por cualquier otro canal con el mismo potencial económico.

Aunque Juego de Tronos no tenga todas esas cosas, tiene otras igualmente muy buenas. Es cierto que, pese a no haber satisfecho algunas expectativas muy optimistas, el del domingo pasado fue un buen estreno. Es una serie bien interpretada, bien dirigida (Tim Van Patten nunca decepciona, de ahí su gran currículum) y muy bien ambientada; el primer episodio plantea perfectamente las líneas de continuidad y crea gran tensión (simplemente la frase “Winter is coming”, título del episodio, suena como una una amenaza para los próximos capítulos, y el final del piloto es de impresión)... Juego de Tronos promete mucho más por el desarrollo de su primer capítulo que por toda la campaña que le ha precedido; es uno de esos casos en que la maquinaria publicitaria ha hecho flaco favor a una serie con un comienzo modesto que, sin embargo, tiene toda una temporada por delante para hacer que nos quedemos con ella. Y es que, para qué engañarnos, mola mucho más el tono sórdido y tenebroso de Martin que la ñoñez extrema de Tolkien...

domingo, 17 de abril de 2011

The Crimson Petal and the White; la flor negra de la BBC

“Londres, 1874. Estate alerta. Esta ciudad es extensa y complicada, y no sabes lo que te puedes encontrar. Crees, por otras historias que has leído, que la conoces bien. Esas historias te complacieron. Pero eres un extraño de otro tiempo y otro lugar”. Así comienza la narración de The Crimson Petal and the White, la miniserie de cuatro capítulos estrenada a principios de abril por la BBC Two, probablemente uno de los proyectos más arriesgados de la cadena británica en los últimos años. Y no podría haber mejor comienzo para una historia que, no sólo en la adaptación televisiva, sino también en la novela original, es claramente consciente de su transgresión narrativa y formal, de su intención deliberada de violentar los límites impuestos por la ficción clásica.


De hecho, la versión literaria, publicada por Michel Faber en 2002 bajo el mismo título (traducido al español como Pétalo carmesí, flor blanca por el contraste de los dos personajes femeninos), acerca de una joven prostituta un tanto manipuladora, está considerada como uno de los ejemplares más ilustrativos de eso que los gafapastas llaman cultura posmoderna de la pasada década. O dicho de otra manera: podemos aventurarnos a afirmar que The Crimson Petal and the White es una traslación televisiva y malrrollera de la estética desarrollada por pelis como Romeo y Julieta y Moulin Rouge (curiosamente ambas de Baz Luhrmann), incluso el último Dorian Gray (haciendo un gran favor al último ejemplo con la comparación), pues combina a la perfección la sensibilidad contemporánea y las convenciones de la literatura folletinesca clásica; algunos valientes dicen que Charles Dickens habría escrito esta historia si hubiera tenido algo más de libertad, y otro tanto para Wilde.


Y es que es cierto que The Crimson Petal and the White (de nuevo me refiero a ambas versiones) amplía los límites de lo políticamente expresable en una narración convencional, tanto en el argumento como en lo visual (Zola también habría envidiado esos ambientes sórdidos y desagradables de la serie para su propia Nana). Ya desde la primera (y genial) escena, la producción armoniza de manera inquietante la densidad de la prosa victoriana de la novela y una planificación audiovisual muy dinámica, intuitiva, que se basa en el montaje rápido para introducir al espectador en la mente maquiavélica de la protagonista, Sugar (Romola Garai). Esto sirve de aviso para navegantes; el episodio piloto es un filtro incómodo para el público más perezoso, pues, siendo sinceros, es innegable que la historia impone unas reglas del juego un tanto agresivas. Pero es un coste muy bajo; puede que The Crimson Petal and the White sea uno de los descubrimientos de la temporada. Imprescindible y perturbadora.

jueves, 24 de marzo de 2011

Un piloto para otro piloto

Todo comienzo supone una declaración de intenciones. Y más es así en el capítulo piloto de cualquier serie que se estrene en la actualidad. No es sólo una declaración de intenciones argumental, pues toda ficción televisiva desarrolla una historia (más o menos atractiva, eso ya se verá), sino también ideológica. Y es que pese a las destructivas críticas que sufre la televisión, muchos de estos productos comerciales forman un rico imaginario cultural en el que los espectadores se ven representados. Precisamente uno de esos colectivos relegados por la televisión hasta hace relativamente poco es el de la mujer; no sólo en los contenidos, en el que los estereotipos han estado a la orden del día, sino también en la industria; no ha sido hasta hace poco cuando las mujeres han podido meterse en el papel de productoras de la misma manera que los hombres.


El fascinante y complejo mundo de la televisión (realmente lo es, aunque muchos no quieran) hace que encontremos significativas referencias en diferentes series de ficción. Y es que aunque los años han cambiado las reglas del juego catódico, la “caja tonta” todavía es capaz hacer pequeñas concesiones sociales. Gracias a ese sustrato cultural televisivo hoy podemos encontrar el reflejo de series de antaño en dramas de la actualidad. El ejemplo que ocupa este post: los pilotos de La chica de la tele y The good wife, dos declaraciones de intenciones con mucho en común. ¿Qué pueden compartir dos series con casi cuarenta años de diferencia, más allá de estar protagonizadas por mujeres? La cabecera de la primera puede darnos algunas pistas: una mujer joven y guapa conduce sola hacia Minneapolis, con la sintonía “How will you make it on your own?" de fondo. Me he sentido muy hortera viendo la cabecera de La chica de la tele yo solo, así que compadeceos de mí y vedla, por favor... Mola taaanto.



La chica de la tele, sitcom estrenada en 1970, fue una de las ficciones pioneras en el cambio de representación de la mujer norteamericana. Mary Richards, tras abandonar al novio al que se había entregado durante varios años, se muda sola a la ciudad de Minneapolis y comienza a trabajar como productora de televisión, renunciando a la pareja para sentirse realizada a través de la independencia. En el piloto, Mary llega a la ciudad y conoce a nuevas amigas (curiosamente, una chica muy poco femenina, Rhoda, y una madre que reniega del matrimonio, Phyllis) y compañeros de trabajo, enfrentándose a reaccionarias coñas por ser una mujer soltera a sus 30 años. De temática similar, aunque en un formato más serio (un drama procedimental de abogados que engaña, y mucho), The good wife fue estrenada en 2009, y es hoy una de las series más aclamadas por público y crítica. Alicia Florrick, esposa de un fiscal corrupto (y peor aún, infiel), “suelta la mano de su marido” para comenzar a trabajar en un bufete de abogados, donde es criticada por seguir casada después de los cuernos. El piloto deja muy clara desde la primera escena (una de las mejores de la televisión de los últimos años) su posición “feminista”. (Sí, amo a Alicia, ¿vale?).



Aunque argumentalmente La chica de la tele y The good wife guardan similitudes considerables, ¿cuál es el desencadenante cultural de dos producciones tan dispares? Tiene mucho sentido que una serie producida en los años 70 como La chica de la tele saque la pancarta y pretenda ser un icono femenino… La serie fue producida por MTM Enterprises, propiedad de Mary Tyler Moore (atención a las siglas), actriz protagonista y figura imprescindible en cada plano de cada capítulo (por algo el título original es The Mary Tyler Moore Show), que quiso reflejar parte de su vida en su personaje más famoso. La CBS, que en aquellos años enfocó su programación hacia un público más moderno y urbano con series míticas como MASH y All in the family, emitió La chica de la tele. En la actualidad, el personaje de Mary Richards tiene una estatua en el centro de Minneapolis debido al puesto de honor que ocupa en el imaginario cultural estadounidense. Para los curiosos (que entiendan algo de inglés), la escena de la entrevista de trabajo del piloto es realmente divertida… Por algo se la considera una de las 100 mejores series de la televisión.



Sin embargo, ¿por qué una serie producida en 2009 como The good wife iba a retomar el motivo de la independencia femenina? En respuesta a esta pregunta, Michelle King, productora de la ficción emitida también por la CBS, habló de las mujeres que dan la cara a los escándalos políticos y sentimentales de sus maridos y se exponen a la crítica pública por sus familias. Mujeres como Hillary Clinton, a quien se menciona positivamente en la serie (¿tendrá algo que ver su entrada en casa Obama unos meses antes del estreno?), o Silda Spitzer, esposa de un Julián Muñoz demócrata que dejó su puesto en 2008; la conferencia de prensa de esta dimisión fue la que inspiró la figura de Alicia Florrick y el piloto de The good wife. Y es que es curioso que cuarenta años después de la emisión de La chica de la tele todavía se cuenten historias sobre mujeres que sufren la burla social. Algo bueno tendrá la tele cuando puede hacernos partícipes de todas esas cosas que están delante nuestra y no vemos, ¿no? Al menos, seguro que gracias a Alicia Florrick, Silda Spitzer se siente ahora algo más acompañada…